La amenaza de restauración neoliberal en Sudamérica

Desde el año 2013 en los países de la región comenzó a sentirse el impacto de la crisis global del capitalismo

16.12.2015

Por Alfredo Rada Vélez. – Desde el año 2013 en los países de la región comenzó a sentirse el impacto de la crisis global del capitalismo -a través del deterioro en los términos del intercambio comercial mundial que se expresó con la caída de los precios del petróleo, los minerales y los bienes primarios alimenticios- con fuertes efectos en Argentina, Brasil y Venezuela, cuyas exportaciones soyeras, mineras y petroleras representan gran parte de sus ingresos fiscales.

Si a ello le agregamos la especulación financiera internacional que ha llevado al fortalecimiento del dólar con efectos erosivos en casi todos los países sudamericanos, que se vieron obligados por razones de competitividad comercial a devaluar sus respectivas monedas, se ha configurado un complejo panorama económico, en el que confrontan problemas de financiación las políticas sociales de carácter protectivo y redistributivo que impulsaron los gobiernos de Cristina Fernández, Djilma Roussef y Nicolás Maduro. En el caso venezolano, existe además como agravante el sabotaje interno que con el ocultamiento, desabastecimiento y especulación de productos efectúan los grupos económicos privados más poderosos.

Para no caer en el determinismo económico hay que puntualizar que, si bien es cierto que la derecha restauradora del neoliberalismo cabalga sobre el malestar social cuyo origen está en la economía, aprovecha también las fallas programáticas y las debilidades políticas de los propios gobiernos genéricamente denominados progresistas.

La ajustada victoria del empresario de ideas neoliberales Mauricio Macri en las presidenciales de Argentina, el sorprendente triunfo de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) en Venezuela y la apertura de un juicio político en el Congreso contra la presidenta Roussef en Brasil, son parte de una arremetida derechista en Sudamérica, que opera sobre la base de partidos políticos nacionales pero que coordinan a nivel regional, en una especie de “internacionalismo contrarrevolucionario”.

A partir de la experiencia boliviana de los años 1982 – 1985, a la que ahora se agrega lo ocurrido en Argentina y en Venezuela, se puede formular la siguiente hipótesis: tratándose de procesos políticos que ocurren dentro del campo democrático, no hay posibilidades de forjar alternativas revolucionarias de poder en confrontación y ruptura con aquéllos gobiernos que con respaldo popular emprenden reformas políticas, económicas y sociales. Se puede complementar la hipótesis: Cuando ocurre el desgaste de esos gobiernos que van perdiendo el apoyo popular que les dio origen, se terminan fortaleciendo las facciones más conservadoras que son las que finalmente pueden retornar al poder.

Recordemos lo que ocurrió durante el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en los años ochenta. Hernán Siles Zuazo presidía un gobierno nacionalista y popular con limitados ribetes reformistas, al que se enfrentaron la Central Obrera Boliviana (COB) y el Partido Obrero Revolucionario (POR) bajo la premisa de la “superación revolucionaria del udepismo”. El resultado fue catastrófico: la UDP se hundió, la COB se deslegitimó y los partidos de derecha de ese momento, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la Acción Democrática Nacionalista (ADN), terminaron ganando las elecciones de 1985 con lo que encabezados por Víctor Paz Estenssoro dieron inicio a la larga noche neoliberal.

En Argentina, la ultraizquierda que hace años se organizó en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), desplegó varias estrategias de desgaste del kirchnerismo, acusándolo de ser “un otro gobierno burgués con tendencia a derechizarse”. Bajo esa aberrante lógica que no observa matices, el FIT que obtuvo 812.000 votos (poco más del 3%) en la primera vuelta en Argentina, para la segunda vuelta llamó a votar en blanco “no importando cuáles sean los candidatos”. Macri ganó esa segunda vuelta por una diferencia de 680.000 votos y ahora es presidente. Los aventureros del FIT tendrán que explicarle al pueblo por qué facilitaron con su abstención el retorno al gobierno de la burguesía neoliberal, que se apresta a tomar medidas de recorte de los subsidios, rebaja de los salarios y retroceso en los derechos laborales.

En Venezuela, la variopinta oposición contó al principio entre sus filas con organizaciones “revolucionarias” de nombres tan radicales como Bandera Roja o Movimiento al Socialismo, así como disidentes del chavismo. Pero con el apoyo económico y el aparato mediático de la burguesía, con el tiempo pasaron a prevalecer las corrientes de Leopoldo López y Henrique Capriles, admiradores del fascista colombiano Alvaro Uribe. Estos son los que han logrado mayoría calificada en la Asamblea Nacional de Venezuela y desde allí pretenden, a pedido de la burguesía venezolana, anular la “Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras” en la que están plasmadas las conquistas sociales logradas los últimos quince años.

Ojalá no se olvidaran estas lecciones de la historia y la política contemporáneas, pero como en Bolivia la memoria es frágil otra vez se escuchan frases como “la derecha está en el gobierno” u “otra izquierda es posible”. Afirmo aquí y ahora que esa verborragia es sólo un taparrabos de las corrientes políticas que, con su desmedido ataque al gobierno de Evo y a la Coordinadora Nacional por el Cambio, están tendiendo la alfombra para el retorno de los neoliberales. De todas las oposiciones la que más ha avanzado es el derechista Movimiento Demócrata Social (MDS) de Rubén Costas. Tiene personería jurídica nacional y aunque perdió la Gobernación del Beni ganó la alcaldía de Cochabamba, donde los disidentes del masismo Alex Contreras y Rebeca Delgado cohabitan de lo más cómodos con esa derecha. Costas también ha logrado acuerdos con el alcalde de La Paz, Luis Revilla, cuya agrupación ciudadana Sol.Bo –despojada ya del tenue discurso izquierdista del extinto Movimiento sin Miedo- terminará siendo funcional al conservadurismo.

En sintonía con Jorge Quiroga y el propio Rubén Costas –y con Manfred Reyes Villa y Carlos Sánchez Berzaín que desde Miami agregan lo suyo- la ultraizquierda hace campaña por el No para el referéndum próximo. Consultado por un periodista sobre esta coincidencia con los neoliberales, Miguel Lora, militante del POR, respondió: “nuestro no es diferente”. ¿Dónde exactamente radica la diferencia?, ¿en la “n” o en la “o”?

La amenaza de la restauración neoliberal obligará a las fuerzas populares, obreras e indígenas a cohesionarse para defender sus conquistas históricas. Y no debe ser en ruptura con el proceso de cambio sino a su interior, criticando todo lo que haya que criticar y planteando la necesidad de la profundización de las transformaciones. Es una estrategia que se la viene trabajando desde hace años, desde el reencuentro entre la COB y el Gobierno de Evo, que ha logrado el fortalecimiento de la Conalcam, y que nuevamente se pondrá a prueba en la campaña por el triunfo del SI en el referéndum de febrero de 2016.

Tomado de Rebelión
Anuncios

La izquierda del futuro: una sociología de las emergencias

La izquierda del futuro

Por Boaventura de Sousa Santos. – El futuro de la izquierda no es más difícil de predecir que cualquier otro acontecimiento social. La mejor manera de abordarlo es haciendo lo que llamo sociología de las emergencias. Consiste en prestar especial atención a algunas señales del presente para ver en ellas tendencias, embriones de lo que puede ser decisivo en el futuro. En este texto, doy especial atención a un hecho que, por inusual, puede señalar algo nuevo e importante. Me refiero a los pactos entre diferentes partidos de izquierda.

Los pactos

La familia de las izquierdas no tiene una fuerte tradición de pactos. Algunas ramas de esta familia tienen incluso más tradición pactos con la derecha que con otras ramas de la familia. Diríase que las divergencias internas en la familia de las izquierdas son parte de su código genético, tan constantes como han sido a lo largo de los últimos doscientos años. Por razones obvias, las divergencias han sido más amplias o notorias en democracia. La polarización llega a veces al punto de que una rama de la familia ni siquiera reconoce que la otra pertenece a la misma familia. Por el contrario, en períodos de dictadura los entendimientos han sido frecuentes, aunque terminen una vez acabado el período dictatorial.

A la luz de esta historia, merece una reflexión el hecho de que en los últimos tiempos estamos asistiendo a un movimiento pactista entre diferentes ramas de las izquierdas en países democráticos. El sur de Europa es un buen ejemplo: la unidad en torno a Syriza en Grecia a pesar de todas las vicisitudes y dificultades; el gobierno dirigido por el Partido Socialista en Portugal con el apoyo del Partido Comunista y del Bloco de Esquerda a raíz de las elecciones del 4 de octubre de 2015; algunos gobiernos autonómicos en España, salidos de las elecciones regionales de 2015 y, en el momento en que escribo, la discusión sobre la posibilidad de un pacto a escala nacional entre el PSOE, Podemos y otros partidos de izquierda como resultado de las elecciones generales de diciembre. Hay indicios de que en otros lugares de Europa y en América Latina pueden surgir en un futuro próximo pactos similares. Se imponen dos cuestiones. ¿Por qué este impulso pactista en democracia? ¿Cuál es su sostenibilidad?

La primera pregunta tiene una respuesta plausible. En el caso del sur de Europa, la agresividad de la derecha (tanto de la nacional como de la que viste la piel de las “instituciones europeas”) en el poder en los últimos cinco años ha sido tan devastadora para los derechos de ciudadanía y para la credibilidad del régimen democrático que las fuerzas de izquierda comienzan a estar convencidas de que las nuevas dictaduras del siglo XXI surgirán en forma de democracias de bajísima intensidad. Serán dictaduras presentadas como dictablandas o democraduras, como la gobernabilidad posible ante la inminencia del supuesto caos en los tiempos difíciles que vivimos, como el resultado técnico de los imperativos del mercado y de la crisis que lo explica todo sin necesidad de ser explicada. El pacto resulta de una lectura política de que lo que está en juego es la supervivencia de una democracia digna de ese nombre y de que las divergencias sobre lo que esto significa ahora tienen menos urgencia que salvar lo que la derecha todavía no ha logrado destruir.

La segunda pregunta es más difícil de responder. Como decía Spinoza, las personas (y también las sociedades, diría yo) se rigen por dos emociones fundamentales: el miedo y la esperanza. El equilibrio entre ambas es complejo pero sin una de ellas no sobreviviríamos. El miedo domina cuando las expectativas de futuro son negativas (“esto es malo pero el futuro podría ser aún peor”); por su parte, la esperanza domina cuando las expectativas futuras son positivas o cuando, por lo menos, el inconformismo con la supuesta fatalidad de las expectativas negativas es ampliamente compartido. Treinta años después del asalto global a los derechos de los trabajadores; de la promoción de la desigualdad social y del egoísmo como máximas virtudes sociales; del saqueo sin precedentes de los recursos naturales, de la expulsión de poblaciones enteras de sus territorios y de la destrucción ambiental que esto significa; de fomentar la guerra y el terrorismo para crear Estados fallidos y tornar las sociedades indefensas ante la expoliación; de la imposición más o menos negociada de tratados de libre comercio totalmente controlados por los intereses de empresas multinacionales; de la total supremacía del capital financiero sobre el capital productivo y sobre la vida de las personas y las comunidades; después de todo esto, combinado con la defensa hipócrita de la democracia liberal, es plausible concluir que el neoliberalismo es una inmensa máquina de producción de expectativas negativas para que las clases populares no sepan las verdaderas razones de su sufrimiento, se conformen con lo poco que aún tienen y estén paralizadas por el miedo a perderlo.

El movimiento pactista al interior de las izquierdas es producto de un tiempo, el nuestro, de predominio absoluto del miedo sobre la esperanza. ¿Significará esto que los gobiernos salidos de los pactos serán víctimas de su éxito? El éxito de los gobiernos pactados por las izquierdas se traducirá en la atenuación del miedo y en la devolución de alguna esperanza a las clases populares, al mostrar, mediante una gestión de gobierno pragmática e inteligente, que el derecho a tener derechos es una conquista civilizatoria irreversible. ¿Será que, cuando brille nuevamente la esperanza, las divergencias volverán a la superficie y los pactos serán echados a la basura? Si ello ocurriese, sería fatal para las clases populares, que rápidamente regresarían al silenciado desaliento ante un fatalismo cruel, tan violento para las grandes mayorías cuanto benévolo para las pequeñísimas minorías. Pero también sería fatal para las izquierdas en su conjunto, pues quedaría demostrado durante algunas décadas que las izquierdas son buenas para corregir el pasado, pero no para construir el futuro. Para que tal cosa no suceda, deben ser llevadas a cabo dos tipos de medidas durante la vigencia de los pactos. Dos medidas que no se imponen por la urgencia del gobierno corriente y que, por eso, tienen que resultar de una voluntad política bien determinada. Llamo a estas dos medidas Constitución y hegemonía.

Constitución y hegemonía

La Constitución es el conjunto de reformas constitucionales o infraconstitucionales que reestructuran el sistema político y las instituciones con el fin de prepararlas para posibles embates con la dictablanda y el proyecto de democracia de bajísima intensidad que esta conlleva. Dependiendo de los países, las reformas serán diferentes, como diferentes serán los mecanismos utilizados. Si en algunos casos es posible reformar la Constitución con base en los Parlamentos, en otros será necesario convocar Asambleas Constituyentes originarias, dado que los Parlamentos serían el mayor obstáculo para cualquier reforma constitucional.

También puede suceder que, en un determinado contexto, la “reforma” más importante sea la defensa activa de la Constitución existente mediante una renovada pedagogía constitucional en todas las áreas de gobierno. Pero habrá algo común a todas las reformas: volver el sistema electoral más representativo y más transparente; fortalecer la democracia representativa con la democracia participativa. Los teóricos liberales más influyentes de la democracia representativa han reconocido (y recomendado) la coexistencia ambigua entre dos ideas (contradictorias) que aseguran la estabilidad democrática: por un lado, la creencia de los ciudadanos en su capacidad y competencia para intervenir y participar activamente en la política; por otro, un ejercicio pasivo de esa competencia y de esa capacidad mediante la confianza en las élites gobernantes. En los últimos tiempos, y como lo demuestran las protestas que han sacudido muchos países desde 2011, la confianza en las élites ha venido deteriorándose sin que, sin embargo, el sistema político (por su diseño o por su práctica) permita a los ciudadanos recuperar su capacidad y competencia para intervenir activamente en la vida política. Sistemas electorales asimétricos, partidocracia, corrupción, crisis financieras manipuladas –he aquí algunas de las razones de la doble crisis de representación (“no nos representan”) y de participación (“no vale la pena votar, todos son iguales y ninguno cumple lo que promete”). Las reformas constitucionales obedecerán a un doble objetivo: hacer la democracia representativa más representativa; complementar la democracia representativa con la democracia participativa. Estas reformas darán como resultado que la formación de la agenda política y el control del desempeño de las políticas públicas dejarán de ser un monopolio de los partidos y pasarán a ser compartidas por los partidos y ciudadanos independientes organizados democráticamente para este propósito.

El segundo conjunto de reformas es lo que llamo hegemonía. La hegemonía es el conjunto de ideas sobre la sociedad e interpretaciones del mundo y de la vida que, por ser altamente compartidas, incluso por los grupos sociales perjudicados por ellas, permiten que las élites políticas, al apelar a tales ideas e interpretaciones, gobiernen más por consenso que por coerción, aun cuando gobiernan en contra de los intereses objetivos de grupos sociales mayoritarios. La idea de que los pobres son pobres por su propia culpa es hegemónica cuando es defendida no sólo por los ricos, sino también por los pobres y las clases populares en general. En este caso son, por ejemplo, menores los costes políticos de las medidas para eliminar o restringir drásticamente la renta social de inserción. La lucha por la hegemonía de las ideas de sociedad que sostienen el pacto entre las izquierdas es fundamental para la supervivencia y consistencia de ese pacto. Esta lucha tiene lugar en la educación formal y en la promoción de la educación popular, en los medios de comunicación, en el apoyo a los medios alternativos, en la investigación científica, en la transformación curricular de las universidades, en las redes sociales, en la actividad cultural, en las organizaciones y movimientos sociales, en la opinión pública y en la opinión publicada. A través de ella, se construyen nuevos sentidos y criterios de evaluación de la vida social y de la acción política (la inmoralidad del privilegio, de la concentración de la riqueza y de la discriminación racial y sexual; la promoción de la solidaridad, de los bienes comunes y de la diversidad cultural, social y económica; la defensa de la soberanía y de la coherencia de las alianzas políticas; la protección de la naturaleza) que hacen más difícil la contrarreforma de las ramas reaccionarias de la derecha, las primeras en irrumpir en un momento de fragilidad del pacto. Para esta lucha tenga éxito es necesario impulsar políticas que, a simple vista, son menos urgentes y compensadoras. Si esto no ocurre, la esperanza no sobrevivirá al miedo.

Aprendizajes globales

Si algo se puede afirmar con alguna certeza acerca de las dificultades que están pasando las fuerzas progresistas en América Latina, es que tales dificultades se asientan en el hecho de que sus gobiernos no enfrentaron ni la cuestión de la Constitución ni la de la hegemonía. En el caso de Brasil, este hecho es particularmente dramático. Y explica en parte que los enormes avances sociales de los gobiernos de la época Lula sean ahora tan fácilmente reducidos a meros expedientes populistas y oportunistas, incluso por parte de sus beneficiarios. Explica también que los muchos errores cometidos (para comenzar, el haber desistido de la reforma política y de la regulación de los medios de comunicación, y algunos errores dejan heridas abiertas en grupos sociales importantes, tan diversos como los campesinos sin tierra ni reforma agraria, los jóvenes negros víctimas del racismo, los pueblos indígenas ilegalmente expulsados de sus territorios ancestrales, pueblos indígenas y quilombolas con reservas homologadas pero engavetadas, militarización de las periferias de las grandes ciudades, poblaciones rurales envenenadas por agrotóxicos, etcétera), no sean considerados como errores, sino que sean omitidos y hasta convertidos en virtudes políticas o, al menos, sean aceptados como consecuencias inevitables de un Gobierno realista y desarrollista.

Las tareas incumplidas de la Constitución y de la hegemonía explican también que la condena de la tentación capitalista por parte de los gobiernos de izquierda se centre en la corrupción y, por tanto, en la inmoralidad y en la ilegalidad del capitalismo, y no en la injusticia sistemática de un sistema de dominación que se puede realizar en perfecto cumplimiento de la legalidad y la moralidad capitalistas.

El análisis de las consecuencias de no haber resuelto las cuestiones de la Constitución y de la hegemonía es relevante para prever y prevenir lo que puede pasar en las próximas décadas, no solo en América Latina, sino también en Europa y otras regiones del mundo. Entre las izquierdas latinoamericanas y las de Europa del sur ha habido en los últimos veinte años importantes canales de comunicación, que están todavía por analizarse en todas sus dimensiones. Desde el inicio del presupuesto participativo en Porto Alegre (1989), varias organizaciones de izquierda en Europa, Canadá e India (de las que tengo conocimiento) comenzaron a prestar mucha atención a las innovaciones políticas que emergían en el campo de las izquierdas en varios países de América Latina.

A partir del final de la década de 1990, con la intensificación de las luchas sociales, el ascenso al poder de gobiernos progresistas y las luchas por Asambleas Constituyentes, sobre todo en Ecuador y Bolivia, quedó claro que una profunda renovación de la izquierda, de la cual había mucho que aprender, estaba en curso. Los trazos principales de esa renovación fueron los siguientes: la democracia participativa articulada con la democracia representativa, una articulación de la cual ambas salían fortalecidas; el intenso protagonismo de movimientos sociales, de lo que el Foro Social Mundial de 2001 fue una muestra elocuente; una nueva relación entre partidos políticos y movimientos sociales; la sobresaliente entrada en la vida política de grupos sociales hasta entonces considerados residuales, como los campesinos sin tierra, pueblos indígenas y pueblos afrodescendientes; la celebración de la diversidad cultural, el reconocimiento del carácter plurinacional de los países y el propósito de enfrentar las insidiosas herencias coloniales siempre presentes. Este elenco es suficiente para evidenciar cuánto las dos luchas a las que me he estado refiriendo (la Constitución y la hegemonía) estuvieron presentes en este vasto movimiento que parecía refundar para siempre el pensamiento y la práctica de izquierda, no solo en América Latina, sino en todo el mundo.

La crisis financiera y política, sobre todo a partir de 2011, y el movimiento de los indignados, fueron los detonantes de nuevas emergencias políticas de izquierda en el sur de Europa, en las que estuvieron muy presentes las lecciones de América Latina, en especial la nueva relación partido-movimiento, la nueva articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la reforma constitucional y, en el caso de España, las cuestiones de la plurinacionalidad. El partido español Podemos representa mejor que cualquier otro estos aprendizajes, incluso cuando sus dirigentes fueron desde el principio conscientes de las diferencias sustanciales entre los contextos político y geopolítico europeo y latinoamericano.

La forma en que tales aprendizajes se irán a plasmar en el nuevo ciclo político que está emergiendo en Europa del sur es, por ahora, una incógnita. Pero desde ya es posible especular lo siguiente: si es verdad que las izquierdas europeas aprendieron con las muchas innovaciones de las izquierdas latinoamericanas, no es menos cierto (y trágico) que éstas se “olvidaron” de sus propias innovaciones y que, de una u otra forma, cayeron en las trampas de la vieja política, donde las fuerzas de derecha fácilmente muestran su superioridad dada la larga experiencia histórica acumulada.

Si las líneas de comunicación se mantienen hoy, y siempre salvaguardando la diferencia de contextos, quizá sea tiempo de que las izquierdas latinoamericanas aprendan también con las innovaciones que están emergiendo entre las izquierdas del sur de Europa. Entre ellas destaco las siguientes: mantener viva la democracia participativa dentro de los propios partidos de izquierda, como condición previa a su adopción en el sistema político nacional en articulación con la democracia representativa; pactos entre fuerzas de izquierda (no necesariamente solo entre partidos) y nunca con fuerzas de derecha; pactos pragmáticos no clientelistas (no se discuten personas o cargos, sino políticas públicas y medidas de Gobierno), ni de rendición (articulando líneas rojas que no pueden ser cruzadas con la noción de prioridades o, como se decía antes, distinguiendo las luchas primarias de las secundarias); insistencia en la reforma constitucional para blindar los derechos sociales y tornar el sistema político más transparente, más próximo y más dependiente de las decisiones ciudadanas, sin tener que esperar elecciones periódicas (refuerzo del referendo); y, en el caso español, tratar democráticamente la cuestión de la plurinacionalidad.

La máquina fatal del neoliberalismo continúa produciendo miedo a gran escala y, siempre que falta materia prima, trunca la esperanza que puede encontrar en los rincones más recónditos de la vida política y social de las clases populares, la tritura, la procesa y la transforma en miedo. Las izquierdas son la arena que puede atajar ese aparatoso engranaje a fin de abrir las brechas por donde la sociología de las emergencias hará su trabajo de formular y amplificar las tendencias, los “todavía no”, que apuntan a un futuro digno para las grandes mayorías. Por eso es necesario que las izquierdas sepan tener miedo sin tener miedo del miedo. Sepan sustraer semillas de esperanza a la trituradora neoliberal y plantarlas en terrenos fértiles donde cada vez más ciudadanos sientan que pueden vivir bien, protegidos, tanto del infierno del caos inminente, como del paraíso de las sirenas del consumo obsesivo. Para que esto ocurra, la condición mínima es que las izquierdas permanezcan firmes en las dos luchas fundamentales: la Constitución y la hegemonía.

– Boaventura de Sousa Santos es Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Artículo enviado a Other News por el autor. Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Tomado de Alainet

¿Puede la civilización sobrevivir al capitalismo?

Puede la civilización sobrevivir al capitalismo

Por Noam Chomsky

 

Hay “capitalismo” y luego el “verdadero capitalismo existente”. El término “capitalismo” se usa comúnmente para referirse al sistema económico de Estados Unidos con intervención sustancial del Estado, que va de subsidios para innovación creativa a la póliza de seguro gubernamental para bancos “demasiado-grande-para-fracasar”.

El sistema está altamente monopolizado, limitando la dependencia en el mercado cada vez más: En los últimos 20 años el reparto de utilidades de las 200 empresas más grandes se ha elevado enormemente, reporta el académico Robert W. McChesney en su nuevo libro Digital disconnect. “Capitalismo” es un término usado ahora comúnmente para describir sistemas en los que no hay capitalistas; por ejemplo, el conglomerado-cooperativa Mondragón en la región vasca de España o las empresas cooperativas que se expanden en el norte de Ohio, a menudo con apoyo conservador ―ambas son discutidas en un importante trabajo del académico Gar Alperovitz―. Algunos hasta pueden usar el término “capitalismo” para referirse a la democracia industrial apoyada por John Dewey, filósofo social líder de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dewey instó a los trabajadores “a ser los dueños de su destino industrial” y a todas las instituciones a someterse a control público, incluyendo los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. A falta de esto, alegaba Dewey, la política seguirá siendo “la sombra que los grandes negocios proyectan sobre la sociedad”. La democracia truncada que Dewey condenaba ha quedado hecha andrajos en los últimos años. Ahora el control del gobierno se ha concentrado estrechamente en el máximo del índice de ingresos, mientras la gran mayoría “de los de abajo” han sido virtualmente privados de sus derechos.

El sistema político-económico actual es una forma de plutocracia que diverge fuertemente de la democracia, si por ese concepto nos referimos a los arreglos políticos en los que la norma está influenciada de manera significativa por la voluntad pública. Ha habido serios debates a través de los años sobre si el capitalismo es compatible con la democracia. Si seguimos que la democracia capitalista realmente existe (DCRE, para abreviar), la pregunta es respondida acertadamente: Son radicalmente incompatibles. A mí me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir a la DCRE y la democracia altamente atenuada que conlleva. Pero, ¿podría una democracia que funcione marcar la diferencia? Sigamos el problema inmediato más crítico que enfrenta la civilización: una catástrofe ambiental. Las políticas y actitudes públicas divergen marcadamente, como sucede a menudo bajo la DCRE. La naturaleza de la brecha se examina en varios artículos de la edición actual del Deadalus, periódico de la Academia Americana de Artes y Ciencias.

El investigador Kelly Sims Gallagher descubre que

109 países han promulgado alguna forma de política relacionada con la energía renovable, y 118 países han establecido objetivos para la energía renovable. En contraste, Estados Unidos no ha adoptado ninguna política consistente y estable a escala nacional para apoyar el uso de la energía renovable.

No es la opinión pública lo que motiva a la política estadunidense a mantenerse fuera del espectro internacional. Todo lo contrario. La opinión está mucho más cerca de la norma global que lo que reflejan las políticas del gobierno de Estados Unidos, y apoya mucho más las acciones necesarias para confrontar el probable desastre ambiental pronosticado por un abrumador consenso científico ―y uno que no está muy lejano; afectando las vidas de nuestros nietos, muy probablemente―. Como reportan Jon A. Krosnik y Bo MacInnis en Daedalus:

Inmensas mayorías han favorecido los pasos del gobierno federal para reducir la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero generadas por las compañías productoras de electricidad. En 2006, 86 por ciento de los encuestados favorecieron solicitar a estas compañías o apoyarlas con exención de impuestos para reducir la cantidad de ese gas que emiten… También en ese año, 87 por ciento favoreció la exención de impuestos a las compañías que producen más electricidad a partir de agua, viento o energía solar. Estas mayorías se mantuvieron entre 2006 y 2010, y de alguna manera después se redujeron.

El hecho de que el público esté influenciado por la ciencia es profundamente preocupante para aquellos que dominan la economía y la política de Estado. Una ilustración actual de su preocupación es la “enseñanza sobre la ley de mejora ambiental”, propuesta a los legisladores de Estado por el Consejo de Intercambio Legislativo Estadunidense (CILE), grupo de cabildeo de fondos corporativos que designa la legislación para cubrir las necesidades del sector corporativo y de riqueza extrema. La Ley CILE manda “enseñanza equilibrada” de la ciencia del clima en salones de clase K-12. La “enseñanza equilibrada” es una frase en código que se refiere a enseñar la negación del cambio climático, a “equilibrar” la corriente de la ciencia del clima. Es análoga a la “enseñanza equilibrada” apoyada por creacionistas para hacer posible la enseñanza de “ciencia de creación” en escuelas públicas. La legislación basada en modelos CILE ya ha sido introducida en varios estados.

Desde luego, todo esto se ha revestido en retórica sobre la enseñanza del pensamiento crítico, una gran idea, sin duda, pero es más fácil pensar en buenos ejemplos que en un tema que amenaza nuestra supervivencia y ha sido seleccionado por su importancia en términos de ganancias corporativas. Los reportes de los medios comúnmente presentan controversia entre dos lados sobre el cambio climático. Un lado consiste en la abrumadora mayoría de científicos, las academias científicas nacionales a escala mundial, las revistas científicas profesionales y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC). Están de acuerdo en que el calentamiento global está sucediendo, que hay un sustancial componente humano, que la situación es seria y tal vez fatal, y que muy pronto, tal vez en décadas, el mundo pueda alcanzar un punto de inflexión donde el proceso escale rápidamente y sea irreversible, con severos efectos sociales y económicos. Es raro encontrar tal consenso en cuestiones científicas complejas. El otro lado consiste en los escépticos, incluyendo unos cuantos científicos respetados ―que advierten que es mucho lo que aún se ignora―, lo cual significa que las cosas podrían no estar tan mal como se pensó, o podrían estar peor. Fuera del debate artificial hay un grupo mucho mayor de escépticos: científicos del clima altamente reconocidos que ven los reportes regulares del PICC como demasiado conservadores. Y, desafortunadamente, estos científicos han demostrado estar en lo correcto repetidamente. Aparentemente, la campaña de propaganda ha tenido algún efecto en la opinión pública de Estados Unidos, la cual es más escéptica que la norma global. Pero el efecto no es suficientemente significativo como para satisfacer a los señores.

Presumiblemente esa es la razón por la que los sectores del mundo corporativo han lanzado su ataque sobre el sistema educativo, en un esfuerzo por contrarrestar la peligrosa tendencia pública a prestar atención a las conclusiones de la investigación científica. En la Reunión Invernal del Comité Nacional Republicano (RICNR), hace unas semanas, el gobernador por Luisiana, Bobby Jindal, advirtió a la dirigencia que “tenemos que dejar de ser el partido estúpido. Tenemos que dejar de insultar la inteligencia de los votantes”. Dentro del sistema DCRE es de extrema importancia que nos convirtamos en la nación estúpida, no engañados por la ciencia y la racionalidad, en los intereses de las ganancias a corto plazo de los señores de la economía y del sistema político, y al diablo con las consecuencias. Estos compromisos están profundamente arraigados en las doctrinas de mercado fundamentalistas que se predican dentro del DCRE, aunque se siguen de manera altamente selectiva, para sustentar un Estado poderoso que sirve a la riqueza y al poder.

América Latina en el nuevo orden mundial

Nación o región que no tenga proyecto estratégico, y mantenga el timón con firmeza en las peores tormentas geopolíticas, está destinada a ser arrastrada por los vientos dominantes.

14.07.2015

Por Raúl Zibechi. – Nación o región que no tenga proyecto estratégico, y mantenga el timón con firmeza en las peores tormentas geopolíticas, está destinada a ser arrastrada por los vientos dominantes. América Latina está dejando pasar la oportunidad de romper con su papel de subordinación como patio trasero del imperio, precisamente por carecer de ambas condiciones: proyecto y firmeza política.

América del Sur, la región que está en mejores condiciones para romper con el molde impuesto por Estados Unidos, se encuentra dividida y los países que podrían enfocarse hacia nuevos rumbos están paralizados. En su conjunto, ha perdido peso en la arena internacional y en los principales foros.

El documento Estrategia militar nacional de Estados Unidos 2015, difundido recientemente y enfocado a la contención de China y Rusia, menciona en varios pasajes todas las regiones del planeta, pero hace alusiones apenas laterales hacia América Latina y el Caribe. Lo que no quiere decir que el Pentágono no tenga una política hacia la región, sino que no vislumbra problemas mayores en su patio trasero, donde sólo se preocupa por las organizaciones criminales trasnacionales.

Estos días se suceden dos reuniones en Ufá, en los Urales del sur: la cumbre de los países BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Para el periódico chino Global Times, la doble reunión –en realidad se trata de convergencia de intereses– refleja un cambio profundo en la situación euroasiáticacon capacidad para influir en todo el mundo, a través de mecanismos potentes como el Banco de Desarrollo BRICS, el Cinturón Económico de la Ruta de la Seda y el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura ( Global Times, 8 de julio de 2015). En ambas cumbres el papel de la región latinoamericana es también marginal.

Ni América Latina está presente en la coyuntura internacional, ni los grandes poderes globales, los tradicionales o los emergentes, la toman en cuenta como actor global. Es cierto que la región nunca tuvo presencia global, aunque Brasil jugó años atrás cierto papel en varios escenarios y en instituciones como los BRICS, pero lo destacable es el retroceso, en particular de Sudamérica, como actor independiente. Hay siete razones que explican este paso atrás.

La primera, y la más importante, es la parálisis de Brasil, fruto de la combinación de crisis económica y crisis política. La potente ofensiva del sector financiero, la derecha y las clases medias contra el PT y el gobierno de Dilma Rousseff, sumada a la corrupción en la estatal Petrobras, los colocaron a la defensiva y no es fácil que puedan retomar la iniciativa.

Brasil era el país que había conseguido diseñar una estrategia nacional y regional, que incluye el desarrollo de un complejo industrial-militar autónomo y una política exterior independiente. La prisión de algunos destacados directivos de las grandes constructoras, como Marcelo Odebrecht, presidente de la empresa clave en la construcción de submarinos convencionales y nucleares, pone en peligro toda la estrategia brasileña. El papel que tuvo Brasil como líder regional, con fuertes inversiones en infraestructura, tiende a ser sustituido por la creciente presencia de China.

La segunda es la crisis de Venezuela, en particular la económica, seguida de la crisis de liderazgo, que le impide seguir siendo un referente en la región. Las elecciones parlamentarias de diciembre pueden agravar las crisis que atraviesa el país.

La tercera es el fin del ciclo kirch­nerista en Argentina, cuya sucesión puede ser resuelta favorablemente en las próximas elecciones presidenciales, el 25 de octubre, pero aun así será difícil que recupere la pujanza que mostró hasta ahora, en particular en las relaciones internacionales.

La alianza estratégica Brasil-Argentina-Venezuela conforma la masa crítica capaz de conducir al conjunto de la región en una dirección más independiente de Washington, trascendiendo Sudamérica con proyectos como la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños).

En cuarto lugar está la parálisis del Mercosur, donde la crisis brasileña abre grietas en los acuerdos comerciales con Argentina y Venezuela. El cambio del ciclo económico con la baja de precios de las commodities coloca al Mercosur ante la necesidad de transitar hacia otro modelo productivo, que hasta ahora no se está registrando en ninguno de ellos.

En quinto lugar, el acercamiento de Paraguay y Uruguay hacia las políticas promovidas por Washington. El primero está reviviendo una vieja alianza con fuerte impronta militar, mientras el segundo quiere integrarse en la Alianza del Pacífico. En ambos casos se registra un viraje negativo respecto al Mercosur y la integración regional.

La sexta cuestión se relaciona con las dificultades que atraviesa la Unasur, que le impiden jugar un papel activo en la resolución de los conflictos, así como en el desarrollo de algunos procesos de integración que lucen paralizados. El Banco del Sur, las obras de infraestructura y los proyectos del Consejo de Defensa Suramericano están estancados o avanzan con demasiada lentitud en relación con la aceleración geopolítica que vive el mundo.

Por último, cabe destacar la falta de debates estratégicos en la región, que afecta a los institutos especializados, las academias, los partidos de izquierda y progresistas, y también a los movimientos sociales. Las urgencias del momento han relegado los temas de fondo, que incluyen desde la inserción de cada país y la región en un mundo que cambia, hasta los diversos proyectos nacionales. Se ha perdido una década, en gran medida por el facilismo de seguir detrás de los altos precios de las materias primas, que actuaron como narcóticos paralizando la voluntad de transformaciones estructurales.

Los movimientos son parte del problema. Desaparecidos los foros sociales como espacios de encuentro y debate, el vacío está siendo llenado por el Vaticano. Nada bueno puede salir de la carencia de proyectos estratégicos.

Tomado de La Jornada

Urge crear en AL “una fuerza” como la que derrotó al ALCA

Para frenar a la derecha pareciera urgente hacer una coalición de fuerzas similar a la que derrotó el ALCA

24.11.2015

El avance de la ofensiva de la derecha latinoamericana en la región ha hecho que las luces de alerta de la izquierda se prendan. Para frenarla y mantener el rumbo de las transformaciones sociales pareciera urgente poner en pie una coalición de fuerzas similar a la que, hace 10 años, derrotó el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), promovida por Estados Unidos.

Este es el trasfondo central de la reunión continental que este viernes comenzó en la Villa Panamericana, en La Habana, Cuba, la cual terminará el próximo 22 de noviembre. Titulado Encuentro hemisférico derrota del ALCA. 10 años después, el evento reúne a 160 delegados, de 108 organizaciones, provenientes de 24 países, muchos de ellos actores directos de aquella batalla.

Formalmente, el motivo de la reunión es ligeramente diferente. Consiste en conmemorar 10 años de la derrota del ALCA y enfrentar los nuevos desafíos que acechan a las fuerzas progresistas con iniciativas como las de TPP, TISA, TransAtlático. Sin embargo, en el centro de los análisis y la discusión está la idea de si es cierto o no que ha llegado a su fin el ciclo de gobiernos progresistas en América Latina.

La historia

Por supuesto, la historia está viva en este encuentro. El 4 y 5 de noviembre de 2005, en Mar del Plata, Argentina, se puso en evidencia –según el economista paraguayo y asesor del movimiento sindical en Brasil– un cambio de época en América Latina. En esa ocasión se realizó la cuarta Cumbre de las Américas y George Bush –presidente de Estados Unidos– llegó a imponer el ALCA.

En esos días una amplia coalición de movimientos populares continentales, que comenzó a construirse desde 1997, convergió con los presidentes de Venezuela, Argentina y Brasil, Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, en su rechazo a la propuesta estadunidense. Con su particular estilo, junto con las siglas, ante una impresionante multitud, Chávez mandó la iniciativa comercial al carajo. El proyecto de Bush descarriló.

Esa amplia convergencia entre movimientos populares y gobiernos se había venido gestando en una campaña de gran aliento que inicialmente tuvo que remar contra la corriente. Todavía en abril de 2001, en la cumbre de presidentes en Quebec, solamente Hugo Chávez cuestionó la agenda de negociación del acuerdo comercial.

Sin embargo, pocos días después, esa resistencia en las calles tuvo un aliado central. En un discurso pronunciado el primero de mayo de 2001, al calor de grandes protestas antiglobalización en los países desarrollados, Fidel Castro señaló: Para Cuba es absolutamente claro que el llamado ALCA en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos conducen inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos. Cuatro años más tarde, esa agenda fue sepultada.

El acto en La Habana para conmemorar esa gesta comenzó con un recorrido histórico de lo sucedido en este terreno, a cargo de Gustavo Codas. Lo siguió el economista cubano Osvaldo Martínez, quien analizó en detalle el impacto general del libre comercio en la región, la lógica del capital y las trasnacionales. De paso hizo un mapa de los acuerdos bilaterales y subregionales. La ecuatoriana Irene León explicó cómo la derecha se ha rearticulado en la región y cuál es su lógica militar, mediática y cultural. Recuperando las problemáticas y el lenguaje de los movimientos populares, el cubano Gilberto Valdés descifró los procesos de cambio en curso, los mecanismos de integración y la acción de los actores subalternos.

Al analizar el nuevo protagonismo de la derecha continental, Gustavo Codas dijo que ésta busca aprovechar las dificultades de los gobiernos posneoliberales. Se ha fortalecido en las calles, ha creado redes, nacionales, regionales e internacionales. Sin embargo, según él, no tiene proyecto alternativo a las conquistas del ciclo progresista. Su retorno ha fracasado en Chile y Paraguay. No se propone, como la derecha europea tras la segunda guerra, mantener el estado de bienestar. Esta derecha quiere abolir las conquistas del ciclo de transformaciones. A diferencia de los años 60 con el neoliberalismo, hoy no tiene condiciones de verbalizarlo. Pero, junto con el imperialismo, intenta aprovechar las dificultades económicas y políticas para tratar de dar vuelta atrás en la historia.

Osvaldo Martínez explicó cómo, ante el fracaso del ALCA, Washington ha seguido avanzando en su agenda comercial con flexibilidad, de manera bilateral o transcontinental, con la apuesta de abrir los mercados locales a sus productos y desintegrar América Latina. Esos acuerdos, aseguró, son la plasmación jurídica a nivel de estados, del proyecto trasnacional.

Según Irene León, estos últimos 10 años han sido de una alta intensidad histórica. El capital trasnacional (poder que no rinde cuentas a nadie) ha seguido avanzando sobre estados, estableciendo mecanismos de poder fáctico por fuera de cualquier control ciudadano.

Por su parte, Gilberto Valdés apuntó cómo la lucha contra el ALCA tuvo un fuerte componente anticapitalista. Relativizando los desencuentros entre movimientos populares y gobiernos progresistas, aseguró que los conflictos entre ambos no van a desaparecer.

¿Tiene futuro el movimiento emancipador en el continente? Sí, aseguran los asistentes al evento. El movimiento camina. “Eso es posible –según Codas– porque los aciertos del ciclo de transformaciones han sido muy superiores a las dificultades que hemos encontrado. Está en manos de los luchadores y luchadoras de nuestro pueblo construir ese nuevo horizonte.”

Retos y perspectivas de la izquierda latinoamericana

10/12/2015
Opinión

La situación brasileña, el resultado de la reciente elección presidencial argentina y los pronósticos sobre las elecciones parlamentarias venezolanas intensificaron el debate sobre si estaríamos o no ante el “fin de ciclo” abierto, entre 1998 y 2003, por los triunfos electorales de Hugo Chávez, Luis Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner.

Las posiciones en debate son variadas, pues no hay consenso sobre la existencia de tal ciclo ni sobre su naturaleza. Además, hay tanto los que afirman su terminación, como los que defienden la posibilidad de su continuidad con profundización de los cambios, etc. Debate que se combina con el análisis de la situación mundial y la discusión acerca de la estrategia de la izquierda.

Debate similar se registró en el marco del Grupo de Trabajo del Foro de Sao Paulo, cuando analizamos los impactos de la elección de Obama y de la crisis de 2007-2008 sobre América Latina y el Caribe. Varios integrantes del Foro señalaban la existencia, en aquella época, de signos evidentes de una contraofensiva de la derecha latinoamericana y sus socios externos.

No obstante, por motivos diversos, y a veces opuestos, diversos sectores discreparon con esta caracterización.

Algunos, por lo general no participantes del Foro, consideraban que los gobiernos “progresistas y de izquierda” hacían parte de la arquitectura neoliberal e imperialista, por lo que no tenía sentido hablar de “contraofensiva” de quienes nunca habían sido efectivamente derrotados.

Otros consideraban, como característica fundamental del momento, la crisis del capitalismo y la desmoralización del neoliberalismo, sobrestimando las posibilidades y minimizando las amenazas, tanto estratégicas como tácticas, que la situación ofrecía a las izquierdas.

Había incluso quienes parecían trabajar con el supuesto de que la “fórmula” (económica y política) adoptada por los gobiernos “progresistas y de izquierda” era en lo fundamental inmune a retrocesos y no debía sufrir alteraciones. Curiosamente, esta tesis de la inmunidad a retrocesos provenía de sectores tanto ultra radicales, como de sectores radicalmente moderados.

Un argumento usado en el debate, para contradecir a quienes hablaban de la contraofensiva de la derecha, era de que, por lo menos hasta entonces, ningún gobierno “elegido por la izquierda” había sido derrotado electoralmente por la derecha.

El caso de Piñera y las elecciones en Guatemala, los golpes de Estado en Paraguay y en Honduras se utilizaron en favor del argumento anterior, en los dos primeros casoS por no ser considerados como gobiernos integrantes del ciclo de 1998, en los dos últimos casos por la vía no electoral adoptada por la derecha.

Independientemente de cómo este debate fue resuelto, en la época y posteriormente, sea en los documentos del Foro, sea en la acción de los partidos, movimientos y gobiernos “progresistas y de izquierda” existentes en la región, lo cierto es que la contraofensiva de las derechas continuó.

En el ámbito económico-social, presionando, saboteando y revertiendo procesos y conquistas. En el campo ideológico, conteniendo, desmoralizando y dividiendo a los oponentes de izquierda. Y con respecto a la actuación político-electoral, parte de la derecha regional aprendió las lecciones de las derrotas sufridas desde 1998 y, siempre “combinando formas de lucha” (inclusive el paramilitarismo), casi gana las elecciones presidenciales en Brasil en 2014 y ahora triunfa en las elecciones presidenciales en Argentina.

La victoria de Macri –independientemente de lo que suceda en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre 2015 en Venezuela– coloca la contraofensiva de la derecha en otro plano.

Argentina, junto con Brasil y Venezuela, cumplieron hasta ahora un papel decisivo en el proceso de integración regional, que constituye la retaguardia estratégica de cada una de las izquierdas que opera en los países de la región. Es evidente que la situación se tornará más difícil a partir de ahora, sea por efecto demostración-emulación que la victoria de Macri tendrá sobre las derechas de otros países, sea por los efectos prácticos en todos los ámbitos de la integración regional.

Esto, por supuesto, si dejamos de lado el optimismo de Pollyanna según el cual un gobierno Macri causará daños tan intensos y tan rápidamente, más allá de provocar una contundente reacción popular, que se transformará en una victoria pírrica para la derecha. Ciertamente los daños serán intensos, sin duda habrá reacción, pero hay que tener en cuenta que estamos frente a una ola, no ante un episodio aislado.

Independientemente de los motivos específicos, tácticos, coyunturales, episódicos y, a veces “personales”, involucrados en cada situación nacional, hay un proceso regional y global que se debe tener en cuenta. Es esto, por cierto, lo que nos permite comprender mejor la aparente contradicción entre lo que sucede con la izquierda europea y la latinoamericana.

A escala mundial, las principales variables son: la defensiva estratégica de la clase obrera desde el fin de la URSS; la resultante hegemonía capitalista, con una intensidad mayor que en otros períodos de la historia; la profundidad de la crisis capitalista, consecuencia combinada de las otras dos variables; el declive de la hegemonía estadounidense y el esfuerzo brutal que están haciendo para detener y revertir este declive; la disputa entre diferentes formas de capitalismos, y no entre el capitalismo y el socialismo, como el hilo conductor de las grandes disputas mundiales; la formación de bloques regionales, principalmente como una reacción defensiva de los procesos mencionados; y, por último pero no menos importante, una tendencia a la inestabilidad, a las crisis y conflictos cada vez más profundos.

Siendo este el escenario mundial, es evidente que la izquierda latinoamericana corre contra el tiempo, como señalé en 2012 en un artículo titulado “Ensayo sobre una ventana abierta”, publicado en la antología La Izquierda Latinoamericana a 20 años del derrumbe, de la editorial Océano Sur1. A continuación la parte final de este artículo.

Hay que considerar, en primer lugar, la incidencia sobre la región de macro variables sobre las cuales no tenemos incidencia directa: la velocidad y la profundidad de la crisis internacional, los conflictos entre las grandes potencias, la extensión e impacto de las guerras. Destacamos, entre las macro variables, aquellas vinculadas al futuro de los Estados Unidos: ¿Recuperará su hegemonía global? ¿Concentrará energías en su hegemonía regional? ¿Agotará sus energías en el conflicto interno de su propio país?

Hay que considerar, en segundo lugar, el comportamiento de la burguesía latinoamericana, en especial, de los sectores transnacionalizados: ¿Cuál es su conducta frente a los gobiernos progresistas y de izquierda? ¿Cuál es su disposición con respecto a los procesos regionales de integración? ¿Cuál es su capacidad de competir con las burguesías metropolitanas y aspirar a un papel más sólido en el escenario mundial? Del «humor» de la burguesía dependerá la estabilidad de la vía electoral y la solidez de los gobiernos pluriclasistas. O, invirtiendo el argumento, su «falta de humor» radicalizará las condiciones de la lucha de clases en la región y en cada país.

En tercer lugar, está la capacidad y disposición de los sectores hegemónicos de las izquierdas – partidos políticos, movimientos sociales, intelectualidad y gobiernos.

La pregunta es: ¿Hasta dónde estos sectores hegemónicos están dispuestos y conseguirán rebasar los límites del período actual, y con qué velocidad? Dicho de otra manera, cuánto conseguirán aprovechar esta coyuntura política inédita en la historia regional, para profundizar las condiciones de integración regional, soberanía nacional, democratización política, ampliación del bienestar social y del desarrollo económico. Y principalmente, si van a lograr o no alterar los patrones estructurales de dependencia externa y concentración de la propiedad imperantes en la región hace siglos.

Considerando estas tres grandes dimensiones del problema, podemos resumir así las perspectivas: potencialidades objetivas, dificultades subjetivas y tiempo escaso.

Potencialidades objetivas: sin olvidar las alternativas negativas, el escenario internacional y las condiciones existentes hoy en América Latina, en especial en América del Sur, hacen posibles dos grandes alternativas positivas, a saber, un ciclo de desarrollo capitalista con trazos socialdemócratas y/o un nuevo ciclo de construcción del socialismo.

En cuanto a esta segunda alternativa, estamos, desde el punto de vista material, relativamente mejor que la Rusia de 1917, que China de 1949, que Cuba de 1959 y que la Nicaragua de 1979.

Dificultades subjetivas: hoy, los que tienen la voluntad no tienen la fuerza, y los que tienen la fuerza no han demostrado la voluntad de adoptar, a una velocidad y con una intensidad adecuadas, las medidas necesarias para aprovechar las posibilidades abiertas por la situación internacional y por la correlación regional de fuerzas. Un detalle importante: no hay tiempo ni materia prima para formar otra izquierda hegemónica. O bien la izquierda hegemónica que tenemos aprovecha la ventana abierta, o será la pérdida de una oportunidad.

El tiempo está escaseando: la evolución de la crisis internacional tiende a producir una creciente inestabilidad que sabotea las condiciones de actuación de la izquierda regional. La posibilidad de utilizar gobiernos electos para hacer transformaciones significativas en las sociedades latinoamericanas no va a durar para siempre. La ventana abierta a final de los años noventa todavía no se cerró. Pero la tempestad que se aproxima puede hacerlo.

Concluyo reafirmando que el juego aún no ha terminado, motivo por el cual debemos trabajar para que las izquierdas latinoamericanas, en especial aquellas que están gobernando, y dentro de ellas la izquierda brasileña, haga lo que debe y puede hacer. Si ello sucede, podremos superar con éxito el actual período de defensiva estratégica de la lucha por el socialismo. En resumen, la ventana sigue abierta.

Hasta aquí cité literalmente el texto de 2012. Concluyo diciendo que la ventana sigue abierta, pero se está cerrando. Lo que vaya a pasar con el “ciclo” abierto en 1998 depende, en gran medida, de saber si el Partido de los Trabajadores y el gobierno de Dilma Rousseff van a mantener o alterar su estrategia.

Valter Pomar es profesor de economía política internacional en la Universidad Federal de ABC. Y militante del Partido de los Trabajadores (Brasil). Entre 1997 y 2013 fue dirigente nacional del PT, asumiendo entre otras tareas la secretaría de relaciones internacionales y la secretaría ejecutiva del Foro de Sao Paulo. Contacto: pomar.valter@gmail.com

http://valterpomar.blogspot.com.br/2012/03/ensayo-sobre-una-ventana-abierta.html?m=1

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento: ¿Fin del ciclo progresista? 03/12/2015

– See more at: http://www.alainet.org/es/articulo/174181#sthash.MjbnO9V3.dpuf

Documental: ¡ALCA, Al Carajo!

http://www.portalalba.org/index.php/2014-03-27-16-48-36/2014-03-29-21-06-26/memoria-historica/6893-america-latina-a-10-anos-de-la-derrota-del-alca

América Latina a 10 años de la derrota del ALCA

En el estadio “José María Minella” de Mar del Plata el presidente Hugo Chávez, en su discurso ante miles de manifestantes contrarios a George W. Bush, afirmó que la idea de concretar el Area de Libre Comercio para América (ALCA) no tiene futuro.

“Cada uno de nosotros trajo una pala, una pala de enterrador, porque aquí en Mar del Plata está la tumba del ALCA. La tumba del ALCA. Vamos a decirlo: ALCA, ALCA, al carajo”, afirmó Chávez.

América Latina a 10 años de la derrota del ALCA

“Hemos traído una pala (…) porque aquí en Mar de Plata está la tumba del ALCA”. Estas fueron las palabras del líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, hace 10 años durante la IV Cumbre de las Américas cuando, junto a los entonces presidentes Néstor Kirchner y Luiz Inácio “Lula” Da Silva, derrotaron la intención de Estados Unidos de incorporar a América Latina a lo denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

“Al ALCA la derrotamos los pueblos”, dijo Chávez acompañado, precisamente, del pueblo en Argentina ese 4 de noviembre con el que repitió la frase que pasó a la historia: ¡Alca, Alca, al carajo!

Con el liderazgo de los presidentes Chávez, Kirchner y “Lula” Da Silva, la Cumbrede las Américas tenía una agenda orientada hacia el desarrollo para el bien de los pueblos, sin embargo, el presidente de Estados Unidos pretendía la aplicación inmediata del ALCA en la región.

Los objetivos que perseguía EE.UU., a través de la aplicación de normas comerciales supranacionales, limitarían la capacidad de acción de los Gobiernos en torno a sus propias economías y le darían el poder a los inversores. Aceptar el ALCA implicaba, además, aceptar las medidas de “ajuste estructural” del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, es decir, una serie de recortes sociales para “garantizar” los pagos de las deudas externas.

Hugo Chávez lo explicó durante la cita de 2005. “El ALCA lo que busca es consolidar el poder económico de las grandes transnacionales y de las élites que han dominado estos países durante mucho tiempo; el ALBA (proyecto latinoamericanista y bolivariano) busca la liberación de los pueblos, la redistribución del ingreso de nuestros pueblos, la igualdad, el cambio del modelo económico productivo, la inclusión social, que no haya excluidos”.

De esta manera se abrió camino la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), una nueva forma de intercambio regional, que tenía como base las ideales impulsados por los Gobiernos de Venezuela y Cuba, y que se creó en 2004.

En la III Cumbre de las Américas, en Québec/Canadá del 20 al 22 de abril de 2001, el Presidente Hugo Chávez, firmó la declaración final dejando constancia que Venezuela se oponía a la propuesta del ALCA (Área de libre comercio de las Américas), poco tiempo después el Presidente cubano Fidel Castro y Chávez, se encontraban creando las bases de lo que hoy es el ALBA.

En diciembre de ese mismo año, en el marco de la III Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe, celebrada en la Isla de Margarita – Venezuela, el Presidente Hugo Chávez presentó la idea del ALBA,  como una propuesta de integración integral, económica, social, política y cultural de los pueblos de América Latina y el Caribe.

Las raíces del proyecto se fundamentan en la Carta de Jamaica, “cuando por primera vez Simón Bolívar establece la doctrina de unidad y soberanía de los países que se independizaban del poder colonial”.

El ALBA concentró los siguientes principios: solidaridad, complementariedad, justicia, cooperación, igualdad social, calidad de vida, autodeterminación, diversidad cultural y la participación efectiva de los pueblos en la configuración de su propio destino.

“El  ALBA se erige como un modelo de unidad y orientación política integral, que reivindica los derechos inalienables de sus pueblos y la soberanía de sus países”, afirmó el presidente de Ecuador, Rafael Correa.

El dato: El ALBA actualmente está integrado por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Dominica, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves y Granada.

De igual modo, busca consolidar un modelo social de desarrollo y se enfoca en áreas como la educación, salud, alimentación, medio ambiente, cultura, energía y tecnología.

Logros del ALBA

Los programas sociales impulsados por el ALBA han mejorado la calidad de vida de sus habitantes en cuanto a atención médica, acceso a la educación, a servicios básicos como agua potable, alcantarillado, vialidad, transporte, telecomunicaciones, acceso a una vivienda digna y a una alimentación de calidad.

En una década, la economía de la Alianza experimentó un incremento del 25 por ciento en su Producto Interno Bruto (PIB).

Como bloque político ha enfatizado en la defensa de los Derechos Humanos y de la Madre Tierra, así como en el restablecimiento y la preservación de la paz, contra el intervencionismo y el apoyo a la autodeterminación de los pueblos.

Con la fundación del Banco del ALBA en 2008 se buscó consolidar la soberanía e independencia financiera y económica de los países miembros.  En ese mismo año también se instituyó el Sis­tema Unitario de Compensación Regional de Pagos (SUCRE), como primer paso para lograr una moneda común.

Más de dos millones de latinoamericanos y caribeños tienen acceso a la salud y educación. Por ejemplo, con la creación del Cardiológico Infantil más de ocho mil niños han sido intervenidos.

La Misión Milagro ha operado a 3 millones 481 mil 666 personas de manera gratuita, de ellas un millón 856 mil 721 venezolanos y un 1 millón 624 mil 945 latinoamericanos y caribeños.

Por su parte, el programa de Alfabetización y Postalfabetización ha contribuido a la erradicación del analfabetismo en cuatro países del ALBA-TCP. La Unesco declaró a Cuba, Venezuela (2005), Bolivia (2008) y Nicaragua (2009)Territorios Libres de Analfabetismo.

Con el método educativo Yo Sí Puedo, más de 3 millones 500 mil personas aprendieron a leer y escribir. El programa también permite la continuación de los estudios.

Otras formas de integración regional también surgieron a partir del nacimiento del ALBA, entre ellos, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC).

Con estos organismos, se reconfiguró la geopolítica regional y hace un giro hacia las políticas progresistas e integracionistas, más tarde, serían reforzadas con los Gobiernos de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Daniel Ortega en Nicaragua.

¿Cómo sería América Latina si no se hubiese derrotado al ALCA?

En una entrevista para la web de teleSUR, el politólogo y analista internacional, Juan Manuel Karg, aseguró que si América Latina no hubiese derrotado al ALCA, sería  “Como las economías de la Alianza del Pacífico: con grandes desigualdades, pauperización laboral, y una notoria falta de intervención del Estado en la economía. Precisamente el TLCAN, firmado en 1994 entre EE.UU., Canadá y México sirvió como antecedente para analizar las enormes deudas sociales que provocan estos llamados tratados de libre comercio. Por ello Kirchner, Lula y Chávez comandaron aquellas históricas jornadas de Mar del Plata, ya que tenían aquel historial a mano”.

https://i1.wp.com/www.telesurtv.net/export/sites/telesur/img/multimedia/2015/11/02/chavez_mar_del_plata.jpg_825434843.jpg

Fuente: EFE

Para Karg, en estos 10 años “América Latina construyó un verdadero ‘oasis antineoliberal’, al decir de Emir Sader, en un mundo crecientemente librecambista, donde EE.UU. negocia en la actualidad tres tratados simultáneos de libre comercio: el TPP, con los países del Pacífico -y la sola excepción de China-, el TTIP, con la Unión Europea, y el TISA, el mega-acuerdo en el ámbito de servicios”.

¿Cuáles serían las perspectivas económicas y políticas para América Latina?

“Las perspectivas serían de una asociación estratégica con los EE.UU. y la Unión Europea, a contramano de las nuevas vinculaciones de la región con los países emergentes, enmarcados en los BRICS. Y, además, no existirían UNASUR ni CELAC, importantes herramientas integracionistas autónomas que América Latina logró en esta verdadera década ganada para la unidad de nuestros países”, explicó el analista.

“El No al ALCA frenó las “relaciones carnales”, al decir de la cancillería argentina durante el menemismo, con Washington y Bruselas, y promovió una asociación estratégica con Beijing y Moscú, las economías que van a seguir moviendo al mundo en las próximas décadas”, enfatizó.

Para el analista Kintto Lucas, la creación del ALBA llevó a EE.UU. a intentar “nuevas estrategias, sin dejar de lado las viejas”, y buscar otras formas de reposicionamiento.

En su afán por mantener su hegemonía, explicó, son evidentes sus pasos que buscan “golpear en forma conjunta en varios países de América Latina y el Caribe, con acciones coordinadas desde lo social, económico, político e incluso militar”.

Lucas detalló que los objetivos estratégicos son aislar al ALBA, y “luego destruirla. Con eso no solo se busca terminar la Alianza como tal si no su influencia real y simbólica. Como todos los planes de Estados Unidos hacia América Latina y El Caribe, incluidos el Plan Cóndor y el Plan Colombia, el objetivo final es consolidar su hegemonía sobre la región”.

Fuente: TeleSur

Manuel Bertoldi: Avance posneoliberal versus restauración conservadora.

http://www.albamovimientos.org/2015/12/manuel-bertoldi-avance-posneoliberal-versus-restauracion-conservadora/

manuAvance posneoliberal versus restauración conservadora

Encuentro hemisférico a 10 años de la derrota del ALCA – Habana 20-22 Noviembre 2015, Manuel Bertoldi

El continente nuestroamericano está atravesando un nuevo ciclo de la lucha de clases determinado por lo que implicó la derrota del ALCA hace 10 años. Vivimos un momento histórico importante y complejo, determinado por una nueva correlación de fuerzas que se construyó entre el capital, los gobiernos y las fuerzas populares luego del proceso de movilización y cambio de época que significó la derrota del plan de Estados Undidos para el continente. Decimos que se trata de un momento complejo porque se presenta enmarcado en una crisis múltiple del sistema hegemónico.

Crisis multidimensional

La emergencia de la crisis capitalista a nivel mundial en 2008, si bien no tuvo repercusiones inmediatas en nuestro continente, comenzó a afectar las tasas de crecimiento de las principales economías, favoreciendo la inversión extranjera de las potencias que recurren a nuevos territorios y explotación de bienes naturales para paliar sus crisis internas (EEUU, UE, China). Hay que aclarar que la crisis capitalista no generó el agotamiento del patrón de acumulación basado en la privatización y explotación de bienes comunes, sino que en todo caso lo aceleró de la mano de una mayor concentración de las riquezas.

Mientras tanto, se intensifican los conflictos bélicos regionales, para aumentar los gastos de la industria militar estadounidense y europea: la paz está en crisis. En America Latina, se consolida una ofensiva imperialista en múltiples niveles, que se evidencia de forma clara a partir de 2009, con el golpe de Estado en Honduras.

Desde el punto de vista económico, los tratados de libre comercio se consolidan no sólo a partir de acuerdos bilaterales, sino que por primera vez después del intento del ALCA, Estados Unidos promueve el armado de la Alianza del Pacifico, aceptado y promovido por Chile, Perú, Colombia y México, que se plantea la incorporación de varios países más. La Alianza del Pacífico tiene, además, el objetivo político de frenar los procesos de integración impulsados por la Revolución Bolivariana, como han sido el ALBA, la UNASUR y la CELAC, que en un hecho histórico incorpora a Cuba a un mecanismo de integración regional, dejando de lado a Estados Unidos y Canadá.

Podemos decir entonces que la “contraofensiva imperialista”, está operando articuladamente desde el punto de vista político, militar, económico y también desde el punto de vista ideológico, a través de los medios de comunicación hegemónicos, las Organizaciones No Gubernamentales, y el reforzamiento de un fuerte aparato cultural que se reproduce a escala masiva marcando y orientando las pautas de consumo y la construcción de valores en el pueblo, ajenos a sus intereses.

Nueva Etapa

 El nuevo mapa político, surgido de los procesos de resistencia al neoliberalismo, fue atravesado por las mediaciones que cada pueblo tuvo la capacidad de construir en la arena pública. De tal manera, la región vivió una serie de procesos que, con sus similitudes y sus particularidades locales, dejan para el pueblo una serie de interrogantes, aprendizajes y desafíos donde la contraofensiva conservadora inclusive avanza llegando al gobierno con una coalición de derecha por la vía democrática en un país como la Argentina y condiciona seriamente al gobierno del PT en Brasil haciéndolo asumir una agenda de ajuste neoliberal. A pesar de este nuevo escenario que se viene configurando, los pisos de acumulación tanto en términos sociales y políticos, no son los mismos que teníamos hace 20 años atrás.

Vivenciamos un momento de reagrupamiento dinámico del campo popular, con dispersiones y confluencias en desarrollo, donde el debate de la unidad todavía marca la etapa actual como lo hizo también durante el ascenso de movilización popular que puso en crisis la hegemonía neoliberal. El desafío, en este sentido, pasa por la construcción, en términos estratégicos, de un proyecto de integración popular, que unifique diferentes expresiones, sin renunciar a la diversidad propia de una sociedad fragmentada socialmente, pero con la pretensión de articular un proyecto de la clase trabajadora del campo y la ciudad en su conjunto, que permita desarrollar y disputar hegemonía.

Esta necesidad, a su vez, se encuentra entrelazada con una batalla ideológica que se remonta a los procesos de independencias parciales en América Latina y el Caribe. Durante casi dos siglos, las oligarquías locales y luego, las burguesías emergentes en cada uno de nuestros países, han tenido éxito en situar las coordenadas del debate político en los marcos de cada país, como si la realidad política, económica y social estuviera determinada casi exclusivamente por lo que sucede al interior de las fronteras de cada Estado. El propio relato histórico describe los procesos de independencia de los nuevos Estados desligándolos de un proceso general como el que realmente ocurrió hace doscientos años y como también ocurre ahora.

Decíamos anteriormente que estamos adentrándonos en una nueva etapa en América Latina donde se pondrán en juego las correlaciones de fuerzas cristalizadas en la derrota del ALCA hace diez años atrás. Es fundamental que nuestros movimientos y articulaciones a nivel continental podamos acordar tareas comunes que deben ser asumidas por el conjunto del movimiento social y popular como ampliar estos debates, fortalecer el trabajo de base y la concientización de nuestros pueblos sobre las actuaciones del imperialismo y el capital en materia, por ejemplo, de los nuevos tratados de libre comercio y la transnacionales. Las tareas deben estar enmarcadas en la necesidad táctica y estratégica de aumentar el nivel de movilización de masas en nuestros países. A diez años de la derrota del ALCA, la lucha contra el imperialismo y el avance conservador en el continente debe ser un aglutinador común para todos las organizaciones populares de Nuestramérica, partiendo de las enseñanzas y aprendizajes que nos han dejado las luchas y resistencias a la hegemonía neoliberal de décadas pasadas.

Conscientes de que aún falta mucho por crecer en todos los aspectos, aspiramos a recorrer un camino de aprendizaje desde la práctica militante concreta junto a la diversidad de expresiones de los pueblos de Nuestra América, en un momento político marcado por la agresividad del saqueo imperialista ante la emergencia de un mundo multipolar en donde también tenemos que hacer esfuerzos para vincularnos con movimientos sociales y fuerzas populares que están resistiendo en otros continentes.

Debemos asumir la necesidad de fortalecer en nuestros pueblos la solidaridad internacionalista ante la contraofensiva de EEUU en la región. Tanto Venezuela como Ecuador y Bolivia son procesos de fundamental importancia para los pueblos de Nuestramerica ya que funcionan como horizontes hacia donde caminar para todos nuestros pueblos sabiendo, como decía Mariategui, sin hacer calco ni copia. La defensa irrestricta frente al imperialismo de los procesos de cambio debe ser asumida por el conjunto del movimiento popular abonando y colaborando para que los países consoliden su camino disruptivo con el orden hegemónico. A su vez es de fundamental importancia rodear de nuestra más contundente solidaridad a nuestra Cuba socialista que durante todos estos años ha servido de faro esperanzador para pueblos que sufrimos dictaduras militares, oleadas neoliberales y arremetidas de la derecha como actualmente estamos viviendo.

También debemos asumir desde nuestro trabajo solidario que el proceso de paz con justicia social en Colombia es necesario que avance porque la paz en Colombia es la paz en nuestro continente. Tenemos que blindar a América Latina como zona de Paz.

A su vez debemos acompañar con nuestra solidaridad el camino histórico de liberación del pueblo Haitiano y su lucha por el retiro de la Minustah.

Un horizonte de soberanía popular, de independencia económica y de justicia social es deseable y posible en la medida en que avance la unidad dentro de cada país y entre los diferentes países. Nos alientan las luchas de quienes nos precedieron y la consciencia de estar viviendo un cambio de época en el que hay avances y retrocesos, pero nada queda sin moverse. Los tiempos recientes demuestran que aún en los momentos que se anuncian más oscuros, surge de una larga historia de resistencia y construcción de alternativas. Creemos que en esta encrucijada, cada paso que podamos dar, de conjunto, ofrece mayores posibilidades para avanzar en un proyecto emancipatorio cada vez más necesario. Como en cada momento de nuestra historia, lo determinante será la potencia –la legitimidad, la fuerza material- de la lucha popular.

La construcción y el fortalecimiento de un proyecto de unidad de los movimientos sociales y populares del continente, la lucha contra el imperialismo y la defensa irrestricta a los procesos de cambio en curso, conforman entonces las tareas que consideramos, debemos asumir como prioritarias.

El encuentro hemisférico a 10 años de la derrota del ALCA convocado por Cuba y sus organizaciones, expresiones de su pueblo organizado ya es un paso más de acumulación de nuestro proceso. Cuba ha sido quien ha mantenido en alto la bandera de lucha contra el neoliberalismo décadas atrás y quien ha puesto en marcha el motor de resistencia de nuestros pueblos. Hoy desde su ejemplo y coherencia revolucionaria nos ha vuelto a convocar para fortalecer nuestros vínculos, pensar de conjunto y ponernos frente al desafío de avanzar en un frente común de acción y movilización siendo conscientes que debemos avanzar en un mismo camino desde nuestra diversidad. Los tiempos que vienen nos pondrán nuevamente a prueba para no retroceder en lo que hemos avanzado como pueblos en estos últimos años.

 [1] Esta ponencia fue presentada en el encuentro Hemisférico a 10 años de la derrota del ALCA realizado en la Habana en el mes de Noviembre. LA misma forma parte de los debates y reflexiones que venimos transitando desde la Articulación Continental de Movimientos Sociales hacia el ALBA. Se construyó en base al artículo, Nuestramérica en la encrucijada, Vicente, F; Bertoldi M. publicado en Cuadernos de CAMBIO N°2.

[2] Integrante de la Secretaria Operativa de la Articulación Continental de Movimientos Sociales hacia el ALBA.

¿Fin del ciclo progresista o reflujo del cambio de época en América Latina? 7 tesis para el debate

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203029

Hace tiempo que venimos leyendo que el ciclo progresista en América Latina y el Caribe ha llegado a su fin. Aprovechando la muerte del Comandante Chávez, y un cierto reflujo en los avances logrados por los procesos de cambio en el continente, la derecha comenzó a construir un discurso que intenta deslegitimar la década ganada para las mayorías sociales y populares.Pero en los últimos tiempos, también desde varios sectores de la izquierda se ha venido construyendo la tesis del fin del ciclo que viene a complementar el discurso de la derecha contra los gobiernos de izquierda y nacional-populares. Uno de los amanuenses de la izquierda lightberal, Pablo Stefanoni, habla de una deriva lulista1 de la izquierda latinoamericana. Una compañera de Stefanoni en el grupo de apoyo al trotskismo anti kirchnerista del FIT en la Argentina, Maristella Svampa, escribe en el diario de la oligarquía Clarín sobre una crisis del pluralismo político y unpopulismo de alta intensidad2 en Bolivia y Ecuador. Mientras tanto, por el lado de la izquierda autonomista, Raúl Zibechi sostiene que estamos no solo ante el final del ciclo progresista, sino que el progresismo no ha sido un avance3.

Desde otra posición, el paraguayo-brasileiro y militante del PT Gustavo Codas afirma4 que Venezuela, Brasil y Ecuador, cada uno con sus matices, enfrentan una serie de problemas económicos y políticos, con una importante movilización de la derecha nacional (en ocasiones con apoyo del exterior). Esta coyuntura, unida a la solución de compromiso en Argentina donde la candidatura presencial la encabeza Daniel Scioli, nos lleva a pensar en que nos encontramos inmersos en un reflujo del cambio de época puesto en marcha en América Latina en 1998.

Ese flujo que dejó atrás la larga noche neoliberal tuvo su apogeo en los dos años que transcurrieron entre finales de 2004 y finales de 2006 donde se puso en marcha el ALBA-TCP; llegaron al gobierno Evo Morales y Rafael Correa; fueron puestas en marcha herramientas fundamentales del cambio de época como teleSUR o la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad; y en Mar del Plata el instrumento imperialista llamado ALCA fue enterrado por 3 patriotas nuestroamericanos, Chávez, Lula y Néstor Kirchner.

En cambio hoy, sin la presencia física del Comandante y con Fidel retirado de la conducción política en Cuba; con una derecha recargada que trata de llegar al gobierno a veces por dentro de la institucionalidad y a veces por fuera; y con instrumentos de desintegración latinoamericana como la Alianza del Pacifico, el TPP o el TISA tratando de construir un Consenso anti-posneoliberal, la guerra de posiciones en Nuestra América conduce a las fuerzas de izquierda, tanto las revolucionarias como las reformistas, a posiciones de repliegue.

Este nuevo momento del cambio de época exige un esfuerzo de honestidad intelectual para, desde la lealtad y el compromiso con los procesos de cambio, tratar de leer el momento de reflujo y generar propuestas para las izquierdas latinoamericanas y caribeñas. En ese sentido proponemos 7 tesis para alimentar el debate desde la necesidad que tenemos de hacer un diagnóstico del momento histórico en que nos encontramos con el fin de obtener una radiografía de la coyuntura actual.

1.- La crisis del capitalismo ha venido para quedarse

Entre 2004 y 2014 el precio medio del barril de Brent fue de 86’989 dólares. 87 USD de media en 10 años a pesar de que en 2008 y tras la quiebra de Lehman Brothers el precio del barril de Brent se desplomó de los 147 USD de julio hasta los 35’58 USD con los que cerraba el año.

Actualmente el barril de Brent se mantiene entre los 45 y 50 dólares, y no se prevén subidas significativas mientras la desaceleración china favorezca el exceso de producción actual. Al mismo tiempo, importantes productores como Arabia Saudita o Venezuela no disminuyen la producción para garantizar el 100% de los ingresos, lo que nos sume en un círculo vicioso en el que no hay manera de desactivar la sobreproducción. A la reducción de la demanda del gigante asiático y el mantenimiento de la producción de los países productores de la OPEP se le suma la producción en Estados Unidos de gas de esquisto mediante fracking, método de extracción que se convierte en terrorismo ambiental solamente rentable a partir de precios entre 60 y 70 dólares. Por lo tanto, es en la franja entre los 50 dólares actuales y los 70 que permitirían a la mayor parte de los campos de extracción ser rentables, donde se va a mover en los próximos meses la guerra energética no declarada entre Estados Unidos y Arabia Saudita.

En cualquier caso no parece que en los próximos años los precios del petróleo vayan a volver a acercarse a los de la última década, que permitieron a los procesos de cambio en América Latina y el Caribe una redistribución de la riqueza y reducción de la pobreza sin precedentes. Si además le sumamos la tendencia a la baja en el precio de los minerales adquiridos por China, que consume cerca del 40% de la producción mundial, parece un hecho que los tiempos de vacas gordas han terminado.

Todo lo anterior apuntala la necesidad de una diversificación productiva y un cambio en la matriz energética. Es necesario generar una transición desde el modelo extractivista, herencia colonial y neoliberal, a un nuevo modelo de desarrollo que incorpore el derecho al desarrollo y a sacar de la pobreza a una parte significativa de la población, con los Derechos de la Madre Tierra.

2.- El mundo multipolar ya está aquí

Aunque solemos hablar de la transición a un nuevo mundo pluripolar y multicéntrico, la realidad es que ya estamos inmersos en él. El declive de la hegemonía de Estados Unidos (al mismo tiempo que entra en una peligrosa fase de dominación violenta); la emergencia de los BRICS; el rol geopolítico de América Latina en las relaciones Sur-Sur; o el avance de la integración latinoamericana con una CELAC sin EEUU ni Canadá reflejo de la Patria Grande que soñaron los libertadores, son claros síntomas de este nuevo escenario geopolítico.

Hay dos variables fundamentales de este escenario en América Latina y el Caribe. La apertura de relaciones y embajadas entre Estados Unidos y Cuba, inicio de una nueva era y símbolo de la soberanía no solo de una Cuba digna a lo largo de más de 60 años de agresiones ininterrumpidas, sino de toda Nuestra América. El otro síntoma es la presencia cada vez mayor de China en la región. Hoy en día, excepto el Puerto de Mariel en Cuba, todas las grandes inversiones en la región son de capital chino, comenzando por la faraónica obra para construir un canal en Nicaragua y siguiendo por las principales inversiones en recursos naturales, petróleo, gas y minería. Pero la cada vez mayor presencia china tiene grandes diferencias con la otrora hegemonía estadounidense; frente al hard power de los Estados Unidos, basado en la imposición económica o militar, se está construyendo un soft power con características chinas que hace de la diplomacia económica y cultural la base para las relaciones. O dicho de otra manera, China no va a construir bases militares en America Latina y el Caribe o patrocinar golpes de estado contra gobiernos legítimos.

Pero la voraz demanda china de recursos naturales ha provocado una reprimarización de la economía latinoamericana. Excepto en los países donde los recursos están en manos del Estado, que ejerce de flujo conductor hacía otros sectores, en general el sector primario está más ligado al capital financiero que a otros sectores de la economía. América Latina y el Caribe se mueven ahora mismo en un triángulo incierto entre un Consenso Bolivariano, un Consenso de Beijing y un Consenso de las Commodities.

3.- Necesidad imperiosa de profundizar la integración

En la medida en que la crisis del capitalismo se profundiza y la derecha avanza en su ofensiva, los procesos corren el riesgo de cerrarse hacia dentro y mantener una posición defensiva. Ningún proceso va a poder profundizar y mucho menos radicalizar los cambios por sí solo si no es inserto dentro de un proceso de integración latinoamericana y caribeña más amplio.

Es necesario por tanto ampliar la integración política a una integracion económica, científica, tecnológica y cultural, integracion amplia que permita, como propone Gustavo Codas, y frente al proceso de reprimarización continental, crear cadenas de valor regionales.

Al mismo tiempo, se hace urgente y necesaria la reactivación del ALBA e ir dotando de una institucionalidad mayor a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

4.- Desactivación de los instrumentos para la desintegración latinoamericana

Es necesario sumar al cambio de época los países que siguen apostando por un modelo económico neoliberal. Especialmente los de la Alianza del Pacifico y en particular Colombia y México. Es por ello que tenemos que hacer nuestras la reivindicación de la paz, con justicia social, en Colombia, y la apuesta por fortalecer un proyecto alternativo de izquierda en México, frontera sur de los Estados Unidos. La incorporación de estos dos países no solo abriría un horizonte radicalmente diferente sino que profundizaría la integración nuestroamericana y ayudaría a desactivar los nuevos ALCA del siglo XXI, instrumentos para la desintegración latinoamericana como la Alianza del Pacífico, el TPP o el TISA.

5.- Enfrentar la derecha recargada

Durante buena parte del cambio de época, la derecha quedó desorientada y a la defensiva. Fueron las embajadas de Estados Unidos los que hicieron el papel de principal opositor a los gobiernos de izquierda en la región mediante el patrocinio de golpes de Estado, duros o blandos. Los opositores locales eran simples títeres todavía anclados en el discurso del Consenso de Washington y parapetados tras los viejos partidos del neoliberalismo.

Sin embargo hoy tenemos una derecha renovada, asesorada por los gurús del marketing político neoliberal y asumiendo un rol de paraopositores que no dudan ni un momento en camuflarse bajo una estética y discurso más amable tan posmoderno como pseudo posneoliberal, que no ataca directamente las conquistas logradas en la década ganada.

Esta derecha reciclada y transformista trata de robarse las banderas de la democracia y los derechos humanos apelando sobre todo a los nuevos actores de la política, la juventud y las clases medias. Y ahí es donde los procesos tienen un reto en reactualizar su programa y praxis política para seducir a una juventud que no ha vivido el terrorismo social neoliberal y llega a una mayoría de edad dando por sentada la presencia del Estado en la economía y la redistribución de la riqueza. Lo mismo sucede con las nuevas clases medias que tienen la “ilusión” de continuar su ascenso social y para ello se les hace atractiva la idea de votar por un “gestor”, normalmente un candidato proveniente del mundo empresarial y con un discurso que apela a la ciudadanía moderada por encima del clivaje izquierda-derecha.

Frente a ello, más que perder tiempo en atacar a esta derecha que solo hace sus tareas, amparada por las elites económicas y con el apoyo de las transnacionales comunicacionales, debemos reactualizar y hacer más atractivo el proyecto político de las izquierdas, como única manera de sostener y profundizar los procesos. Las posibles derrotas electorales por venir serán única y exclusivamente responsabilidad nuestra.

6.- La necesidad de los liderazgos

Y para prepararnos para las próximas batallas políticas, es necesario dar un debate sobre la cuestión de los liderazgos. La muerte del Comandante Chávez nos coloca ante el espejo de unos procesos que dependen en demasía de líderes de una enorme talla política e intelectual. Pero además estos liderazgos son fruto de una época de resistencia e insurrección al neoliberalismo que ya dejamos atrás.

Será difícil que en Bolivia vuelva a surgir un líder como Evo Morales que lleva en su esencia el componente antiimperialista, anticolonial y anticapitalista cuando han sido expulsadas del territorio nacional la DEA, USAID y el propio embajador estadounidense; cuando los dirigentes sindicales han pasado de enfrentar un gobierno neoliberal a ocupar cargos de conducción política en el Estado; o incluso cuando las relaciones internacionales del movimiento social se construyen sobre todo con otras izquierdas en el gobierno. Es por ello más necesaria que nunca la necesidad de construir liderazgos colectivos y fortalecer el poder popular y la formación política pues solo de estas semillas pueden germinar otros dirigentes preparados para liderar una nueva etapa ascendente del cambio de época que deje atrás el reflujo coyuntural. Pero al mismo tiempo mientras líderes como Evo sigan con la capacidad de conducir los procesos, debemos habilitar los mecanismos que sean necesarias para que la legalidad no obstaculice la legitimidad.

7.- La importancia de las batallas electorales

Por paradójico que parezca, la irreversibilidad de los procesos depende en buena parte en este momento histórico de las victorias electorales que se vayan produciendo en el campo de la izquierda. Para ello a su vez es necesario no retroceder en ni una sola de las conquistas logradas hasta el momento. Tenemos claro que llegar al gobierno no supone tener el poder, y que una vez llegado hay que enfrentar una guerra de posiciones con el poder ejercido por las burguesías nacionales e internacionales desde sus atalayas económicas o mediáticas. Pero para poder llegar a ese momento de plantearse la construcción de hegemonía es necesario primero la victoria electoral.

Este 2015 nos deja todavía 2 importantes citas electorales, las elecciones presidenciales de Argentina en octubre y las legislativas de Venezuela en diciembre. A pesar de las contradicciones que nos pueda generar, es necesario apoyar la candidatura de Scioli-Zannini en la Argentina, bien rodeada por el núcleo duro kirchnerista; ya llegará el momento de la crítica si el próximo gobierno se desvía del horizonte trazado por Néstor Kirchner y Cristina Fernandez. Y lo mismo en Venezuela, donde debemos dar todo el apoyo a los candidatos y candidatas del PSUV y del Gran Polo Patriótico frente al terrorismo económico y mediático que enfrente la Revolución Bolivariana y Chavista. Lo mismo en el caso de dos países como Brasil o Ecuador, donde más allá de las tensiones, debemos apoyar los legítimos gobiernos de Dilma y Correa.

Ya no es tiempo de política ficción sino de definición. Tiempo de audacia para generar pensamiento crítico siempre desde abajo y a la izquierda, manchándose con el barro de la praxis en medio de las contradicciones, y no leyendo la realidad con el lápiz rojo virtual en una mano desde el wifi de los cafés de los barrios de clase media. Recordando las palabras del Comandante Chávez: “Que nadie se equivoque, que nadie se deje confundir, uno puede criticar a la revolución pero este es el camino de la salvación de la Patria”.

Notas: 

1 La lulización de la izquierda latinoamericana http://www.eldiplo.org/notas-web/la-lulizacion-de-la-izquierda-latinoamericana

2 Termina la era de las promesas andinas http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Termina-promesas-andinas_0_1417058291.html

3 Hacer balance del progresismo http://www.resumenlatinoamericano.org/2015/08/04/hacer-balance-del-progresismo

4 Desafíos al ciclo progresista en América Latina http://www.mateamargo.org.uy/2015/08/13/desafios-al-ciclo-progresista-en-america-latina

¿Cuáles son los límites de la derecha en América Latina?

Por Emir Sader

Contradicción clara en Argentina, donde se multiplica el desempleo con enorme rapidez,  y probable, en caso de que llegaran a gobernar en Venezuela, por la forma cómo se critica la generación de empleos, supuestamente de manera artificial y política por parte de los gobiernos tildados de “populistas”.  Clima de euforia en los medios de la derecha latinoamericana, después de década y media de sucesivas frustraciones. Creen que pueden volver a ser protagonistas de la historia latinoamericana contemporánea. En los medios financieros y en los medios de información internacionales, hay verdadera euforia.  El ímpetu con que actúan en Argentina y en Venezuela puede dar la impresión de que saben hacia dónde quieren ir, que tienen la clave del futuro de nuestras sociedades, que se han renovado al punto de poder volverse fuerza hegemónica en la región. Critican a los gobiernos progresistas, como si se tratara de un ciclo agotado, al cual ellos se proponen suceder y superar. Pero, ¿qué tanto es así? ¿Qué se puede desprender de los primeros movimientos del gobierno de Mauricio Macri en Argentina y de los de la oposición victoriosa en las elecciones parlamentarias en Venezuela?  Aunque se propongan imprimir un nuevo impulso a la economía, todos los síntomas indican que retomarán el liberalismo económico, a pesar de su fracaso espectacular en el pasado reciente de esos países y en los que aún lo mantienen como modelo, como México, Perú y  otros. Las medidas puestas en práctica en Argentina y las que se anuncian en Venezuela representan la vieja fórmula del retiro del Estado de su capacidad  de regulación de la economía, de la liberación de acción de las fuerzas del mercado, de reinserción internacional  e incluso subordinación al FMI y a la política norteamericana en la región. Profundización de la recesión y aguda crisis social son los corolarios obligatorios de esas políticas.  Nada que ver con la superación del ciclo progresista, aunque declararon formalmente que mantendrían las políticas sociales de esos gobiernos, reconociendo su éxito y apoyo popular. Pero al reafirmar a los supuestos duros de las políticas neoliberales, cortando recursos y afectando directamente a los núcleos que las implementaban, demuestran, en Argentina, la contradicción entre su política económica y los objetivos sociales.  Contradicción clara en Argentina, donde se multiplica el desempleo con enorme rapidez,  y probable, en caso de que llegaran a gobernar en Venezuela, por la forma cómo se critica la generación de empleos, supuestamente de manera artificial y política por parte de los gobiernos tildados de “populistas”.  Como llegaron al gobierno por la vía electoral, no pueden recurrir a la represión abierta de los movimientos populares, que dio un margen de maniobra a las dictaduras para imponer su “paz social”. En Argentina se enfrentan, desde los primeros días, a movilizaciones populares masivas e indignadas por la brutalidad con que se intenta desmontar los derechos reconquistados a lo largo de los últimos 12 años. No hay luna de miel para el gobierno de Mauricio Macri que, al contrario, cuando recién empiezan las primeras y duras negociaciones salariales, no va a tener la vida fácil como su risueña campaña electoral auguraba. ¿Qué pasará cuando el gobierno se dé cuenta que la economía no volverá a crecer con las medidas que toma? ¿Qué, al contrario, se ahonda la recesión, con elevación del desempleo y de la crisis social? ¿Qué pasará cuando se dé cuenta que no dispone de mayoría política para seguir gobernando mediante decretos? ¿Qué pasará cuando tome conciencia que no puede establecer acuerdos internacionales que se contrapongan al Mercosur, salvo que intente la aventura de abandonar esa alianza regional de la que tanto depende la economía argentina y se aleje cada vez más de Brasil?  En Venezuela, la derecha,  eufórica por su mayoría parlamentaria y proyectando el cambio de gobierno en seis meses, también va a tener que enfrentarse con la dura realidad concreta. En primer lugar, triunfaron en las elecciones parlamentarias, obteniendo 400 mil votos más que en la elección anterior – el voto castigo probablemente de chavistas descontentos -, pero también hubo una gran abstención – 2 millones – de chavistas que no optaron por el voto castigo, pero que son una reserva de apoyo para el gobierno. Esos amplios sectores, frente a un referendo revocatorio que la oposición logre convocar, no se sumarán automáticamente al fin del gobierno chavista, a sabiendas de todas las  consecuencias negativas para los sectores populares.  En segundo lugar, las nuevas iniciativas del gobierno para reactivar a la economía, a ser enviadas a la Asamblea Nacional, van a plantear a la oposición el desafío de compartir medidas en contra de la crisis o de mantenerse en la impopular actitud de cuanto peor, mejor. A sabiendas que los problemas económicos son los que más afectan a la gente y que el sector moderado de la oposición quiere ayudar a superar la crisis, mientras que el sector radical solo piensa en cambiar el gobierno, las dificultades y el desgaste para la oposición pueden ser decisivos frente a una población necesitada de soluciones inmediatas para sus problemas. Por otra parte, las medidas con  las que el gobierno se ha blindado, dificultan mucho las primeras medidas anunciadas por la oposición, sea en relación a la amnistía o cualquier otra que busque la sustitución del gobierno en seis meses, van a chocar con una institucionalidad adversa, ya sea del Ejecutivo o del Poder Judicial. La euforia inicial se va agotar rápidamente. Quedaría la convocatoria del referendo en la mitad del gobierno de Nicolás Maduro, que puede ser logrado con el 20% de firmas de los electores. Pero frente a la disyuntiva de terminar de una vez con los gobiernos chavistas y entregar el poder a la oposición o seguir peleando por la superación de la crisis en el marco de esos gobiernos, la oposición no contará fácilmente con una mayoría. Lo decisivo será la lucha de masas en los próximos meses, junto con la reacción popular frente a las iniciativas del gobierno para superar la crisis y las respuestas de la oposición. Las movilizaciones populares, que se han iniciado ya, favorecen ampliamente al gobierno, que cuenta con una militancia activa, mientras que la oposición cuenta con un gran apoyo silencioso y el descontento de sectores populares que siempre habían  apoyado al chavismo. Pero lo determinante será la postura política de la izquierda, de proponer alternativas concretas, de desencadenar la lucha de ideas y ser capaz de movilizar a los más amplios sectores populares en la resistencia en contra de la derecha, dirigiendo, de forma unificada,  la continuidad de las luchas en contra del neoliberalismo y de los intentos de restauración conservadora en nuestras sociedades. –

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR, 6 enero de 2016 en el siguiente enlace: Opinión_EmirSader_teleSUR