La amenaza de restauración neoliberal en Sudamérica

Desde el año 2013 en los países de la región comenzó a sentirse el impacto de la crisis global del capitalismo

16.12.2015

Por Alfredo Rada Vélez. – Desde el año 2013 en los países de la región comenzó a sentirse el impacto de la crisis global del capitalismo -a través del deterioro en los términos del intercambio comercial mundial que se expresó con la caída de los precios del petróleo, los minerales y los bienes primarios alimenticios- con fuertes efectos en Argentina, Brasil y Venezuela, cuyas exportaciones soyeras, mineras y petroleras representan gran parte de sus ingresos fiscales.

Si a ello le agregamos la especulación financiera internacional que ha llevado al fortalecimiento del dólar con efectos erosivos en casi todos los países sudamericanos, que se vieron obligados por razones de competitividad comercial a devaluar sus respectivas monedas, se ha configurado un complejo panorama económico, en el que confrontan problemas de financiación las políticas sociales de carácter protectivo y redistributivo que impulsaron los gobiernos de Cristina Fernández, Djilma Roussef y Nicolás Maduro. En el caso venezolano, existe además como agravante el sabotaje interno que con el ocultamiento, desabastecimiento y especulación de productos efectúan los grupos económicos privados más poderosos.

Para no caer en el determinismo económico hay que puntualizar que, si bien es cierto que la derecha restauradora del neoliberalismo cabalga sobre el malestar social cuyo origen está en la economía, aprovecha también las fallas programáticas y las debilidades políticas de los propios gobiernos genéricamente denominados progresistas.

La ajustada victoria del empresario de ideas neoliberales Mauricio Macri en las presidenciales de Argentina, el sorprendente triunfo de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) en Venezuela y la apertura de un juicio político en el Congreso contra la presidenta Roussef en Brasil, son parte de una arremetida derechista en Sudamérica, que opera sobre la base de partidos políticos nacionales pero que coordinan a nivel regional, en una especie de “internacionalismo contrarrevolucionario”.

A partir de la experiencia boliviana de los años 1982 – 1985, a la que ahora se agrega lo ocurrido en Argentina y en Venezuela, se puede formular la siguiente hipótesis: tratándose de procesos políticos que ocurren dentro del campo democrático, no hay posibilidades de forjar alternativas revolucionarias de poder en confrontación y ruptura con aquéllos gobiernos que con respaldo popular emprenden reformas políticas, económicas y sociales. Se puede complementar la hipótesis: Cuando ocurre el desgaste de esos gobiernos que van perdiendo el apoyo popular que les dio origen, se terminan fortaleciendo las facciones más conservadoras que son las que finalmente pueden retornar al poder.

Recordemos lo que ocurrió durante el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en los años ochenta. Hernán Siles Zuazo presidía un gobierno nacionalista y popular con limitados ribetes reformistas, al que se enfrentaron la Central Obrera Boliviana (COB) y el Partido Obrero Revolucionario (POR) bajo la premisa de la “superación revolucionaria del udepismo”. El resultado fue catastrófico: la UDP se hundió, la COB se deslegitimó y los partidos de derecha de ese momento, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la Acción Democrática Nacionalista (ADN), terminaron ganando las elecciones de 1985 con lo que encabezados por Víctor Paz Estenssoro dieron inicio a la larga noche neoliberal.

En Argentina, la ultraizquierda que hace años se organizó en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), desplegó varias estrategias de desgaste del kirchnerismo, acusándolo de ser “un otro gobierno burgués con tendencia a derechizarse”. Bajo esa aberrante lógica que no observa matices, el FIT que obtuvo 812.000 votos (poco más del 3%) en la primera vuelta en Argentina, para la segunda vuelta llamó a votar en blanco “no importando cuáles sean los candidatos”. Macri ganó esa segunda vuelta por una diferencia de 680.000 votos y ahora es presidente. Los aventureros del FIT tendrán que explicarle al pueblo por qué facilitaron con su abstención el retorno al gobierno de la burguesía neoliberal, que se apresta a tomar medidas de recorte de los subsidios, rebaja de los salarios y retroceso en los derechos laborales.

En Venezuela, la variopinta oposición contó al principio entre sus filas con organizaciones “revolucionarias” de nombres tan radicales como Bandera Roja o Movimiento al Socialismo, así como disidentes del chavismo. Pero con el apoyo económico y el aparato mediático de la burguesía, con el tiempo pasaron a prevalecer las corrientes de Leopoldo López y Henrique Capriles, admiradores del fascista colombiano Alvaro Uribe. Estos son los que han logrado mayoría calificada en la Asamblea Nacional de Venezuela y desde allí pretenden, a pedido de la burguesía venezolana, anular la “Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras” en la que están plasmadas las conquistas sociales logradas los últimos quince años.

Ojalá no se olvidaran estas lecciones de la historia y la política contemporáneas, pero como en Bolivia la memoria es frágil otra vez se escuchan frases como “la derecha está en el gobierno” u “otra izquierda es posible”. Afirmo aquí y ahora que esa verborragia es sólo un taparrabos de las corrientes políticas que, con su desmedido ataque al gobierno de Evo y a la Coordinadora Nacional por el Cambio, están tendiendo la alfombra para el retorno de los neoliberales. De todas las oposiciones la que más ha avanzado es el derechista Movimiento Demócrata Social (MDS) de Rubén Costas. Tiene personería jurídica nacional y aunque perdió la Gobernación del Beni ganó la alcaldía de Cochabamba, donde los disidentes del masismo Alex Contreras y Rebeca Delgado cohabitan de lo más cómodos con esa derecha. Costas también ha logrado acuerdos con el alcalde de La Paz, Luis Revilla, cuya agrupación ciudadana Sol.Bo –despojada ya del tenue discurso izquierdista del extinto Movimiento sin Miedo- terminará siendo funcional al conservadurismo.

En sintonía con Jorge Quiroga y el propio Rubén Costas –y con Manfred Reyes Villa y Carlos Sánchez Berzaín que desde Miami agregan lo suyo- la ultraizquierda hace campaña por el No para el referéndum próximo. Consultado por un periodista sobre esta coincidencia con los neoliberales, Miguel Lora, militante del POR, respondió: “nuestro no es diferente”. ¿Dónde exactamente radica la diferencia?, ¿en la “n” o en la “o”?

La amenaza de la restauración neoliberal obligará a las fuerzas populares, obreras e indígenas a cohesionarse para defender sus conquistas históricas. Y no debe ser en ruptura con el proceso de cambio sino a su interior, criticando todo lo que haya que criticar y planteando la necesidad de la profundización de las transformaciones. Es una estrategia que se la viene trabajando desde hace años, desde el reencuentro entre la COB y el Gobierno de Evo, que ha logrado el fortalecimiento de la Conalcam, y que nuevamente se pondrá a prueba en la campaña por el triunfo del SI en el referéndum de febrero de 2016.

Tomado de Rebelión
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La izquierda del futuro: una sociología de las emergencias

La izquierda del futuro

Por Boaventura de Sousa Santos. – El futuro de la izquierda no es más difícil de predecir que cualquier otro acontecimiento social. La mejor manera de abordarlo es haciendo lo que llamo sociología de las emergencias. Consiste en prestar especial atención a algunas señales del presente para ver en ellas tendencias, embriones de lo que puede ser decisivo en el futuro. En este texto, doy especial atención a un hecho que, por inusual, puede señalar algo nuevo e importante. Me refiero a los pactos entre diferentes partidos de izquierda.

Los pactos

La familia de las izquierdas no tiene una fuerte tradición de pactos. Algunas ramas de esta familia tienen incluso más tradición pactos con la derecha que con otras ramas de la familia. Diríase que las divergencias internas en la familia de las izquierdas son parte de su código genético, tan constantes como han sido a lo largo de los últimos doscientos años. Por razones obvias, las divergencias han sido más amplias o notorias en democracia. La polarización llega a veces al punto de que una rama de la familia ni siquiera reconoce que la otra pertenece a la misma familia. Por el contrario, en períodos de dictadura los entendimientos han sido frecuentes, aunque terminen una vez acabado el período dictatorial.

A la luz de esta historia, merece una reflexión el hecho de que en los últimos tiempos estamos asistiendo a un movimiento pactista entre diferentes ramas de las izquierdas en países democráticos. El sur de Europa es un buen ejemplo: la unidad en torno a Syriza en Grecia a pesar de todas las vicisitudes y dificultades; el gobierno dirigido por el Partido Socialista en Portugal con el apoyo del Partido Comunista y del Bloco de Esquerda a raíz de las elecciones del 4 de octubre de 2015; algunos gobiernos autonómicos en España, salidos de las elecciones regionales de 2015 y, en el momento en que escribo, la discusión sobre la posibilidad de un pacto a escala nacional entre el PSOE, Podemos y otros partidos de izquierda como resultado de las elecciones generales de diciembre. Hay indicios de que en otros lugares de Europa y en América Latina pueden surgir en un futuro próximo pactos similares. Se imponen dos cuestiones. ¿Por qué este impulso pactista en democracia? ¿Cuál es su sostenibilidad?

La primera pregunta tiene una respuesta plausible. En el caso del sur de Europa, la agresividad de la derecha (tanto de la nacional como de la que viste la piel de las “instituciones europeas”) en el poder en los últimos cinco años ha sido tan devastadora para los derechos de ciudadanía y para la credibilidad del régimen democrático que las fuerzas de izquierda comienzan a estar convencidas de que las nuevas dictaduras del siglo XXI surgirán en forma de democracias de bajísima intensidad. Serán dictaduras presentadas como dictablandas o democraduras, como la gobernabilidad posible ante la inminencia del supuesto caos en los tiempos difíciles que vivimos, como el resultado técnico de los imperativos del mercado y de la crisis que lo explica todo sin necesidad de ser explicada. El pacto resulta de una lectura política de que lo que está en juego es la supervivencia de una democracia digna de ese nombre y de que las divergencias sobre lo que esto significa ahora tienen menos urgencia que salvar lo que la derecha todavía no ha logrado destruir.

La segunda pregunta es más difícil de responder. Como decía Spinoza, las personas (y también las sociedades, diría yo) se rigen por dos emociones fundamentales: el miedo y la esperanza. El equilibrio entre ambas es complejo pero sin una de ellas no sobreviviríamos. El miedo domina cuando las expectativas de futuro son negativas (“esto es malo pero el futuro podría ser aún peor”); por su parte, la esperanza domina cuando las expectativas futuras son positivas o cuando, por lo menos, el inconformismo con la supuesta fatalidad de las expectativas negativas es ampliamente compartido. Treinta años después del asalto global a los derechos de los trabajadores; de la promoción de la desigualdad social y del egoísmo como máximas virtudes sociales; del saqueo sin precedentes de los recursos naturales, de la expulsión de poblaciones enteras de sus territorios y de la destrucción ambiental que esto significa; de fomentar la guerra y el terrorismo para crear Estados fallidos y tornar las sociedades indefensas ante la expoliación; de la imposición más o menos negociada de tratados de libre comercio totalmente controlados por los intereses de empresas multinacionales; de la total supremacía del capital financiero sobre el capital productivo y sobre la vida de las personas y las comunidades; después de todo esto, combinado con la defensa hipócrita de la democracia liberal, es plausible concluir que el neoliberalismo es una inmensa máquina de producción de expectativas negativas para que las clases populares no sepan las verdaderas razones de su sufrimiento, se conformen con lo poco que aún tienen y estén paralizadas por el miedo a perderlo.

El movimiento pactista al interior de las izquierdas es producto de un tiempo, el nuestro, de predominio absoluto del miedo sobre la esperanza. ¿Significará esto que los gobiernos salidos de los pactos serán víctimas de su éxito? El éxito de los gobiernos pactados por las izquierdas se traducirá en la atenuación del miedo y en la devolución de alguna esperanza a las clases populares, al mostrar, mediante una gestión de gobierno pragmática e inteligente, que el derecho a tener derechos es una conquista civilizatoria irreversible. ¿Será que, cuando brille nuevamente la esperanza, las divergencias volverán a la superficie y los pactos serán echados a la basura? Si ello ocurriese, sería fatal para las clases populares, que rápidamente regresarían al silenciado desaliento ante un fatalismo cruel, tan violento para las grandes mayorías cuanto benévolo para las pequeñísimas minorías. Pero también sería fatal para las izquierdas en su conjunto, pues quedaría demostrado durante algunas décadas que las izquierdas son buenas para corregir el pasado, pero no para construir el futuro. Para que tal cosa no suceda, deben ser llevadas a cabo dos tipos de medidas durante la vigencia de los pactos. Dos medidas que no se imponen por la urgencia del gobierno corriente y que, por eso, tienen que resultar de una voluntad política bien determinada. Llamo a estas dos medidas Constitución y hegemonía.

Constitución y hegemonía

La Constitución es el conjunto de reformas constitucionales o infraconstitucionales que reestructuran el sistema político y las instituciones con el fin de prepararlas para posibles embates con la dictablanda y el proyecto de democracia de bajísima intensidad que esta conlleva. Dependiendo de los países, las reformas serán diferentes, como diferentes serán los mecanismos utilizados. Si en algunos casos es posible reformar la Constitución con base en los Parlamentos, en otros será necesario convocar Asambleas Constituyentes originarias, dado que los Parlamentos serían el mayor obstáculo para cualquier reforma constitucional.

También puede suceder que, en un determinado contexto, la “reforma” más importante sea la defensa activa de la Constitución existente mediante una renovada pedagogía constitucional en todas las áreas de gobierno. Pero habrá algo común a todas las reformas: volver el sistema electoral más representativo y más transparente; fortalecer la democracia representativa con la democracia participativa. Los teóricos liberales más influyentes de la democracia representativa han reconocido (y recomendado) la coexistencia ambigua entre dos ideas (contradictorias) que aseguran la estabilidad democrática: por un lado, la creencia de los ciudadanos en su capacidad y competencia para intervenir y participar activamente en la política; por otro, un ejercicio pasivo de esa competencia y de esa capacidad mediante la confianza en las élites gobernantes. En los últimos tiempos, y como lo demuestran las protestas que han sacudido muchos países desde 2011, la confianza en las élites ha venido deteriorándose sin que, sin embargo, el sistema político (por su diseño o por su práctica) permita a los ciudadanos recuperar su capacidad y competencia para intervenir activamente en la vida política. Sistemas electorales asimétricos, partidocracia, corrupción, crisis financieras manipuladas –he aquí algunas de las razones de la doble crisis de representación (“no nos representan”) y de participación (“no vale la pena votar, todos son iguales y ninguno cumple lo que promete”). Las reformas constitucionales obedecerán a un doble objetivo: hacer la democracia representativa más representativa; complementar la democracia representativa con la democracia participativa. Estas reformas darán como resultado que la formación de la agenda política y el control del desempeño de las políticas públicas dejarán de ser un monopolio de los partidos y pasarán a ser compartidas por los partidos y ciudadanos independientes organizados democráticamente para este propósito.

El segundo conjunto de reformas es lo que llamo hegemonía. La hegemonía es el conjunto de ideas sobre la sociedad e interpretaciones del mundo y de la vida que, por ser altamente compartidas, incluso por los grupos sociales perjudicados por ellas, permiten que las élites políticas, al apelar a tales ideas e interpretaciones, gobiernen más por consenso que por coerción, aun cuando gobiernan en contra de los intereses objetivos de grupos sociales mayoritarios. La idea de que los pobres son pobres por su propia culpa es hegemónica cuando es defendida no sólo por los ricos, sino también por los pobres y las clases populares en general. En este caso son, por ejemplo, menores los costes políticos de las medidas para eliminar o restringir drásticamente la renta social de inserción. La lucha por la hegemonía de las ideas de sociedad que sostienen el pacto entre las izquierdas es fundamental para la supervivencia y consistencia de ese pacto. Esta lucha tiene lugar en la educación formal y en la promoción de la educación popular, en los medios de comunicación, en el apoyo a los medios alternativos, en la investigación científica, en la transformación curricular de las universidades, en las redes sociales, en la actividad cultural, en las organizaciones y movimientos sociales, en la opinión pública y en la opinión publicada. A través de ella, se construyen nuevos sentidos y criterios de evaluación de la vida social y de la acción política (la inmoralidad del privilegio, de la concentración de la riqueza y de la discriminación racial y sexual; la promoción de la solidaridad, de los bienes comunes y de la diversidad cultural, social y económica; la defensa de la soberanía y de la coherencia de las alianzas políticas; la protección de la naturaleza) que hacen más difícil la contrarreforma de las ramas reaccionarias de la derecha, las primeras en irrumpir en un momento de fragilidad del pacto. Para esta lucha tenga éxito es necesario impulsar políticas que, a simple vista, son menos urgentes y compensadoras. Si esto no ocurre, la esperanza no sobrevivirá al miedo.

Aprendizajes globales

Si algo se puede afirmar con alguna certeza acerca de las dificultades que están pasando las fuerzas progresistas en América Latina, es que tales dificultades se asientan en el hecho de que sus gobiernos no enfrentaron ni la cuestión de la Constitución ni la de la hegemonía. En el caso de Brasil, este hecho es particularmente dramático. Y explica en parte que los enormes avances sociales de los gobiernos de la época Lula sean ahora tan fácilmente reducidos a meros expedientes populistas y oportunistas, incluso por parte de sus beneficiarios. Explica también que los muchos errores cometidos (para comenzar, el haber desistido de la reforma política y de la regulación de los medios de comunicación, y algunos errores dejan heridas abiertas en grupos sociales importantes, tan diversos como los campesinos sin tierra ni reforma agraria, los jóvenes negros víctimas del racismo, los pueblos indígenas ilegalmente expulsados de sus territorios ancestrales, pueblos indígenas y quilombolas con reservas homologadas pero engavetadas, militarización de las periferias de las grandes ciudades, poblaciones rurales envenenadas por agrotóxicos, etcétera), no sean considerados como errores, sino que sean omitidos y hasta convertidos en virtudes políticas o, al menos, sean aceptados como consecuencias inevitables de un Gobierno realista y desarrollista.

Las tareas incumplidas de la Constitución y de la hegemonía explican también que la condena de la tentación capitalista por parte de los gobiernos de izquierda se centre en la corrupción y, por tanto, en la inmoralidad y en la ilegalidad del capitalismo, y no en la injusticia sistemática de un sistema de dominación que se puede realizar en perfecto cumplimiento de la legalidad y la moralidad capitalistas.

El análisis de las consecuencias de no haber resuelto las cuestiones de la Constitución y de la hegemonía es relevante para prever y prevenir lo que puede pasar en las próximas décadas, no solo en América Latina, sino también en Europa y otras regiones del mundo. Entre las izquierdas latinoamericanas y las de Europa del sur ha habido en los últimos veinte años importantes canales de comunicación, que están todavía por analizarse en todas sus dimensiones. Desde el inicio del presupuesto participativo en Porto Alegre (1989), varias organizaciones de izquierda en Europa, Canadá e India (de las que tengo conocimiento) comenzaron a prestar mucha atención a las innovaciones políticas que emergían en el campo de las izquierdas en varios países de América Latina.

A partir del final de la década de 1990, con la intensificación de las luchas sociales, el ascenso al poder de gobiernos progresistas y las luchas por Asambleas Constituyentes, sobre todo en Ecuador y Bolivia, quedó claro que una profunda renovación de la izquierda, de la cual había mucho que aprender, estaba en curso. Los trazos principales de esa renovación fueron los siguientes: la democracia participativa articulada con la democracia representativa, una articulación de la cual ambas salían fortalecidas; el intenso protagonismo de movimientos sociales, de lo que el Foro Social Mundial de 2001 fue una muestra elocuente; una nueva relación entre partidos políticos y movimientos sociales; la sobresaliente entrada en la vida política de grupos sociales hasta entonces considerados residuales, como los campesinos sin tierra, pueblos indígenas y pueblos afrodescendientes; la celebración de la diversidad cultural, el reconocimiento del carácter plurinacional de los países y el propósito de enfrentar las insidiosas herencias coloniales siempre presentes. Este elenco es suficiente para evidenciar cuánto las dos luchas a las que me he estado refiriendo (la Constitución y la hegemonía) estuvieron presentes en este vasto movimiento que parecía refundar para siempre el pensamiento y la práctica de izquierda, no solo en América Latina, sino en todo el mundo.

La crisis financiera y política, sobre todo a partir de 2011, y el movimiento de los indignados, fueron los detonantes de nuevas emergencias políticas de izquierda en el sur de Europa, en las que estuvieron muy presentes las lecciones de América Latina, en especial la nueva relación partido-movimiento, la nueva articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la reforma constitucional y, en el caso de España, las cuestiones de la plurinacionalidad. El partido español Podemos representa mejor que cualquier otro estos aprendizajes, incluso cuando sus dirigentes fueron desde el principio conscientes de las diferencias sustanciales entre los contextos político y geopolítico europeo y latinoamericano.

La forma en que tales aprendizajes se irán a plasmar en el nuevo ciclo político que está emergiendo en Europa del sur es, por ahora, una incógnita. Pero desde ya es posible especular lo siguiente: si es verdad que las izquierdas europeas aprendieron con las muchas innovaciones de las izquierdas latinoamericanas, no es menos cierto (y trágico) que éstas se “olvidaron” de sus propias innovaciones y que, de una u otra forma, cayeron en las trampas de la vieja política, donde las fuerzas de derecha fácilmente muestran su superioridad dada la larga experiencia histórica acumulada.

Si las líneas de comunicación se mantienen hoy, y siempre salvaguardando la diferencia de contextos, quizá sea tiempo de que las izquierdas latinoamericanas aprendan también con las innovaciones que están emergiendo entre las izquierdas del sur de Europa. Entre ellas destaco las siguientes: mantener viva la democracia participativa dentro de los propios partidos de izquierda, como condición previa a su adopción en el sistema político nacional en articulación con la democracia representativa; pactos entre fuerzas de izquierda (no necesariamente solo entre partidos) y nunca con fuerzas de derecha; pactos pragmáticos no clientelistas (no se discuten personas o cargos, sino políticas públicas y medidas de Gobierno), ni de rendición (articulando líneas rojas que no pueden ser cruzadas con la noción de prioridades o, como se decía antes, distinguiendo las luchas primarias de las secundarias); insistencia en la reforma constitucional para blindar los derechos sociales y tornar el sistema político más transparente, más próximo y más dependiente de las decisiones ciudadanas, sin tener que esperar elecciones periódicas (refuerzo del referendo); y, en el caso español, tratar democráticamente la cuestión de la plurinacionalidad.

La máquina fatal del neoliberalismo continúa produciendo miedo a gran escala y, siempre que falta materia prima, trunca la esperanza que puede encontrar en los rincones más recónditos de la vida política y social de las clases populares, la tritura, la procesa y la transforma en miedo. Las izquierdas son la arena que puede atajar ese aparatoso engranaje a fin de abrir las brechas por donde la sociología de las emergencias hará su trabajo de formular y amplificar las tendencias, los “todavía no”, que apuntan a un futuro digno para las grandes mayorías. Por eso es necesario que las izquierdas sepan tener miedo sin tener miedo del miedo. Sepan sustraer semillas de esperanza a la trituradora neoliberal y plantarlas en terrenos fértiles donde cada vez más ciudadanos sientan que pueden vivir bien, protegidos, tanto del infierno del caos inminente, como del paraíso de las sirenas del consumo obsesivo. Para que esto ocurra, la condición mínima es que las izquierdas permanezcan firmes en las dos luchas fundamentales: la Constitución y la hegemonía.

– Boaventura de Sousa Santos es Académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Artículo enviado a Other News por el autor. Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Tomado de Alainet

¿Puede la civilización sobrevivir al capitalismo?

Puede la civilización sobrevivir al capitalismo

Por Noam Chomsky

 

Hay “capitalismo” y luego el “verdadero capitalismo existente”. El término “capitalismo” se usa comúnmente para referirse al sistema económico de Estados Unidos con intervención sustancial del Estado, que va de subsidios para innovación creativa a la póliza de seguro gubernamental para bancos “demasiado-grande-para-fracasar”.

El sistema está altamente monopolizado, limitando la dependencia en el mercado cada vez más: En los últimos 20 años el reparto de utilidades de las 200 empresas más grandes se ha elevado enormemente, reporta el académico Robert W. McChesney en su nuevo libro Digital disconnect. “Capitalismo” es un término usado ahora comúnmente para describir sistemas en los que no hay capitalistas; por ejemplo, el conglomerado-cooperativa Mondragón en la región vasca de España o las empresas cooperativas que se expanden en el norte de Ohio, a menudo con apoyo conservador ―ambas son discutidas en un importante trabajo del académico Gar Alperovitz―. Algunos hasta pueden usar el término “capitalismo” para referirse a la democracia industrial apoyada por John Dewey, filósofo social líder de Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX. Dewey instó a los trabajadores “a ser los dueños de su destino industrial” y a todas las instituciones a someterse a control público, incluyendo los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. A falta de esto, alegaba Dewey, la política seguirá siendo “la sombra que los grandes negocios proyectan sobre la sociedad”. La democracia truncada que Dewey condenaba ha quedado hecha andrajos en los últimos años. Ahora el control del gobierno se ha concentrado estrechamente en el máximo del índice de ingresos, mientras la gran mayoría “de los de abajo” han sido virtualmente privados de sus derechos.

El sistema político-económico actual es una forma de plutocracia que diverge fuertemente de la democracia, si por ese concepto nos referimos a los arreglos políticos en los que la norma está influenciada de manera significativa por la voluntad pública. Ha habido serios debates a través de los años sobre si el capitalismo es compatible con la democracia. Si seguimos que la democracia capitalista realmente existe (DCRE, para abreviar), la pregunta es respondida acertadamente: Son radicalmente incompatibles. A mí me parece poco probable que la civilización pueda sobrevivir a la DCRE y la democracia altamente atenuada que conlleva. Pero, ¿podría una democracia que funcione marcar la diferencia? Sigamos el problema inmediato más crítico que enfrenta la civilización: una catástrofe ambiental. Las políticas y actitudes públicas divergen marcadamente, como sucede a menudo bajo la DCRE. La naturaleza de la brecha se examina en varios artículos de la edición actual del Deadalus, periódico de la Academia Americana de Artes y Ciencias.

El investigador Kelly Sims Gallagher descubre que

109 países han promulgado alguna forma de política relacionada con la energía renovable, y 118 países han establecido objetivos para la energía renovable. En contraste, Estados Unidos no ha adoptado ninguna política consistente y estable a escala nacional para apoyar el uso de la energía renovable.

No es la opinión pública lo que motiva a la política estadunidense a mantenerse fuera del espectro internacional. Todo lo contrario. La opinión está mucho más cerca de la norma global que lo que reflejan las políticas del gobierno de Estados Unidos, y apoya mucho más las acciones necesarias para confrontar el probable desastre ambiental pronosticado por un abrumador consenso científico ―y uno que no está muy lejano; afectando las vidas de nuestros nietos, muy probablemente―. Como reportan Jon A. Krosnik y Bo MacInnis en Daedalus:

Inmensas mayorías han favorecido los pasos del gobierno federal para reducir la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero generadas por las compañías productoras de electricidad. En 2006, 86 por ciento de los encuestados favorecieron solicitar a estas compañías o apoyarlas con exención de impuestos para reducir la cantidad de ese gas que emiten… También en ese año, 87 por ciento favoreció la exención de impuestos a las compañías que producen más electricidad a partir de agua, viento o energía solar. Estas mayorías se mantuvieron entre 2006 y 2010, y de alguna manera después se redujeron.

El hecho de que el público esté influenciado por la ciencia es profundamente preocupante para aquellos que dominan la economía y la política de Estado. Una ilustración actual de su preocupación es la “enseñanza sobre la ley de mejora ambiental”, propuesta a los legisladores de Estado por el Consejo de Intercambio Legislativo Estadunidense (CILE), grupo de cabildeo de fondos corporativos que designa la legislación para cubrir las necesidades del sector corporativo y de riqueza extrema. La Ley CILE manda “enseñanza equilibrada” de la ciencia del clima en salones de clase K-12. La “enseñanza equilibrada” es una frase en código que se refiere a enseñar la negación del cambio climático, a “equilibrar” la corriente de la ciencia del clima. Es análoga a la “enseñanza equilibrada” apoyada por creacionistas para hacer posible la enseñanza de “ciencia de creación” en escuelas públicas. La legislación basada en modelos CILE ya ha sido introducida en varios estados.

Desde luego, todo esto se ha revestido en retórica sobre la enseñanza del pensamiento crítico, una gran idea, sin duda, pero es más fácil pensar en buenos ejemplos que en un tema que amenaza nuestra supervivencia y ha sido seleccionado por su importancia en términos de ganancias corporativas. Los reportes de los medios comúnmente presentan controversia entre dos lados sobre el cambio climático. Un lado consiste en la abrumadora mayoría de científicos, las academias científicas nacionales a escala mundial, las revistas científicas profesionales y el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC). Están de acuerdo en que el calentamiento global está sucediendo, que hay un sustancial componente humano, que la situación es seria y tal vez fatal, y que muy pronto, tal vez en décadas, el mundo pueda alcanzar un punto de inflexión donde el proceso escale rápidamente y sea irreversible, con severos efectos sociales y económicos. Es raro encontrar tal consenso en cuestiones científicas complejas. El otro lado consiste en los escépticos, incluyendo unos cuantos científicos respetados ―que advierten que es mucho lo que aún se ignora―, lo cual significa que las cosas podrían no estar tan mal como se pensó, o podrían estar peor. Fuera del debate artificial hay un grupo mucho mayor de escépticos: científicos del clima altamente reconocidos que ven los reportes regulares del PICC como demasiado conservadores. Y, desafortunadamente, estos científicos han demostrado estar en lo correcto repetidamente. Aparentemente, la campaña de propaganda ha tenido algún efecto en la opinión pública de Estados Unidos, la cual es más escéptica que la norma global. Pero el efecto no es suficientemente significativo como para satisfacer a los señores.

Presumiblemente esa es la razón por la que los sectores del mundo corporativo han lanzado su ataque sobre el sistema educativo, en un esfuerzo por contrarrestar la peligrosa tendencia pública a prestar atención a las conclusiones de la investigación científica. En la Reunión Invernal del Comité Nacional Republicano (RICNR), hace unas semanas, el gobernador por Luisiana, Bobby Jindal, advirtió a la dirigencia que “tenemos que dejar de ser el partido estúpido. Tenemos que dejar de insultar la inteligencia de los votantes”. Dentro del sistema DCRE es de extrema importancia que nos convirtamos en la nación estúpida, no engañados por la ciencia y la racionalidad, en los intereses de las ganancias a corto plazo de los señores de la economía y del sistema político, y al diablo con las consecuencias. Estos compromisos están profundamente arraigados en las doctrinas de mercado fundamentalistas que se predican dentro del DCRE, aunque se siguen de manera altamente selectiva, para sustentar un Estado poderoso que sirve a la riqueza y al poder.

América Latina en el nuevo orden mundial

Nación o región que no tenga proyecto estratégico, y mantenga el timón con firmeza en las peores tormentas geopolíticas, está destinada a ser arrastrada por los vientos dominantes.

14.07.2015

Por Raúl Zibechi. – Nación o región que no tenga proyecto estratégico, y mantenga el timón con firmeza en las peores tormentas geopolíticas, está destinada a ser arrastrada por los vientos dominantes. América Latina está dejando pasar la oportunidad de romper con su papel de subordinación como patio trasero del imperio, precisamente por carecer de ambas condiciones: proyecto y firmeza política.

América del Sur, la región que está en mejores condiciones para romper con el molde impuesto por Estados Unidos, se encuentra dividida y los países que podrían enfocarse hacia nuevos rumbos están paralizados. En su conjunto, ha perdido peso en la arena internacional y en los principales foros.

El documento Estrategia militar nacional de Estados Unidos 2015, difundido recientemente y enfocado a la contención de China y Rusia, menciona en varios pasajes todas las regiones del planeta, pero hace alusiones apenas laterales hacia América Latina y el Caribe. Lo que no quiere decir que el Pentágono no tenga una política hacia la región, sino que no vislumbra problemas mayores en su patio trasero, donde sólo se preocupa por las organizaciones criminales trasnacionales.

Estos días se suceden dos reuniones en Ufá, en los Urales del sur: la cumbre de los países BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Para el periódico chino Global Times, la doble reunión –en realidad se trata de convergencia de intereses– refleja un cambio profundo en la situación euroasiáticacon capacidad para influir en todo el mundo, a través de mecanismos potentes como el Banco de Desarrollo BRICS, el Cinturón Económico de la Ruta de la Seda y el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura ( Global Times, 8 de julio de 2015). En ambas cumbres el papel de la región latinoamericana es también marginal.

Ni América Latina está presente en la coyuntura internacional, ni los grandes poderes globales, los tradicionales o los emergentes, la toman en cuenta como actor global. Es cierto que la región nunca tuvo presencia global, aunque Brasil jugó años atrás cierto papel en varios escenarios y en instituciones como los BRICS, pero lo destacable es el retroceso, en particular de Sudamérica, como actor independiente. Hay siete razones que explican este paso atrás.

La primera, y la más importante, es la parálisis de Brasil, fruto de la combinación de crisis económica y crisis política. La potente ofensiva del sector financiero, la derecha y las clases medias contra el PT y el gobierno de Dilma Rousseff, sumada a la corrupción en la estatal Petrobras, los colocaron a la defensiva y no es fácil que puedan retomar la iniciativa.

Brasil era el país que había conseguido diseñar una estrategia nacional y regional, que incluye el desarrollo de un complejo industrial-militar autónomo y una política exterior independiente. La prisión de algunos destacados directivos de las grandes constructoras, como Marcelo Odebrecht, presidente de la empresa clave en la construcción de submarinos convencionales y nucleares, pone en peligro toda la estrategia brasileña. El papel que tuvo Brasil como líder regional, con fuertes inversiones en infraestructura, tiende a ser sustituido por la creciente presencia de China.

La segunda es la crisis de Venezuela, en particular la económica, seguida de la crisis de liderazgo, que le impide seguir siendo un referente en la región. Las elecciones parlamentarias de diciembre pueden agravar las crisis que atraviesa el país.

La tercera es el fin del ciclo kirch­nerista en Argentina, cuya sucesión puede ser resuelta favorablemente en las próximas elecciones presidenciales, el 25 de octubre, pero aun así será difícil que recupere la pujanza que mostró hasta ahora, en particular en las relaciones internacionales.

La alianza estratégica Brasil-Argentina-Venezuela conforma la masa crítica capaz de conducir al conjunto de la región en una dirección más independiente de Washington, trascendiendo Sudamérica con proyectos como la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños).

En cuarto lugar está la parálisis del Mercosur, donde la crisis brasileña abre grietas en los acuerdos comerciales con Argentina y Venezuela. El cambio del ciclo económico con la baja de precios de las commodities coloca al Mercosur ante la necesidad de transitar hacia otro modelo productivo, que hasta ahora no se está registrando en ninguno de ellos.

En quinto lugar, el acercamiento de Paraguay y Uruguay hacia las políticas promovidas por Washington. El primero está reviviendo una vieja alianza con fuerte impronta militar, mientras el segundo quiere integrarse en la Alianza del Pacífico. En ambos casos se registra un viraje negativo respecto al Mercosur y la integración regional.

La sexta cuestión se relaciona con las dificultades que atraviesa la Unasur, que le impiden jugar un papel activo en la resolución de los conflictos, así como en el desarrollo de algunos procesos de integración que lucen paralizados. El Banco del Sur, las obras de infraestructura y los proyectos del Consejo de Defensa Suramericano están estancados o avanzan con demasiada lentitud en relación con la aceleración geopolítica que vive el mundo.

Por último, cabe destacar la falta de debates estratégicos en la región, que afecta a los institutos especializados, las academias, los partidos de izquierda y progresistas, y también a los movimientos sociales. Las urgencias del momento han relegado los temas de fondo, que incluyen desde la inserción de cada país y la región en un mundo que cambia, hasta los diversos proyectos nacionales. Se ha perdido una década, en gran medida por el facilismo de seguir detrás de los altos precios de las materias primas, que actuaron como narcóticos paralizando la voluntad de transformaciones estructurales.

Los movimientos son parte del problema. Desaparecidos los foros sociales como espacios de encuentro y debate, el vacío está siendo llenado por el Vaticano. Nada bueno puede salir de la carencia de proyectos estratégicos.

Tomado de La Jornada

Urge crear en AL “una fuerza” como la que derrotó al ALCA

Para frenar a la derecha pareciera urgente hacer una coalición de fuerzas similar a la que derrotó el ALCA

24.11.2015

El avance de la ofensiva de la derecha latinoamericana en la región ha hecho que las luces de alerta de la izquierda se prendan. Para frenarla y mantener el rumbo de las transformaciones sociales pareciera urgente poner en pie una coalición de fuerzas similar a la que, hace 10 años, derrotó el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), promovida por Estados Unidos.

Este es el trasfondo central de la reunión continental que este viernes comenzó en la Villa Panamericana, en La Habana, Cuba, la cual terminará el próximo 22 de noviembre. Titulado Encuentro hemisférico derrota del ALCA. 10 años después, el evento reúne a 160 delegados, de 108 organizaciones, provenientes de 24 países, muchos de ellos actores directos de aquella batalla.

Formalmente, el motivo de la reunión es ligeramente diferente. Consiste en conmemorar 10 años de la derrota del ALCA y enfrentar los nuevos desafíos que acechan a las fuerzas progresistas con iniciativas como las de TPP, TISA, TransAtlático. Sin embargo, en el centro de los análisis y la discusión está la idea de si es cierto o no que ha llegado a su fin el ciclo de gobiernos progresistas en América Latina.

La historia

Por supuesto, la historia está viva en este encuentro. El 4 y 5 de noviembre de 2005, en Mar del Plata, Argentina, se puso en evidencia –según el economista paraguayo y asesor del movimiento sindical en Brasil– un cambio de época en América Latina. En esa ocasión se realizó la cuarta Cumbre de las Américas y George Bush –presidente de Estados Unidos– llegó a imponer el ALCA.

En esos días una amplia coalición de movimientos populares continentales, que comenzó a construirse desde 1997, convergió con los presidentes de Venezuela, Argentina y Brasil, Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, en su rechazo a la propuesta estadunidense. Con su particular estilo, junto con las siglas, ante una impresionante multitud, Chávez mandó la iniciativa comercial al carajo. El proyecto de Bush descarriló.

Esa amplia convergencia entre movimientos populares y gobiernos se había venido gestando en una campaña de gran aliento que inicialmente tuvo que remar contra la corriente. Todavía en abril de 2001, en la cumbre de presidentes en Quebec, solamente Hugo Chávez cuestionó la agenda de negociación del acuerdo comercial.

Sin embargo, pocos días después, esa resistencia en las calles tuvo un aliado central. En un discurso pronunciado el primero de mayo de 2001, al calor de grandes protestas antiglobalización en los países desarrollados, Fidel Castro señaló: Para Cuba es absolutamente claro que el llamado ALCA en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos conducen inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos. Cuatro años más tarde, esa agenda fue sepultada.

El acto en La Habana para conmemorar esa gesta comenzó con un recorrido histórico de lo sucedido en este terreno, a cargo de Gustavo Codas. Lo siguió el economista cubano Osvaldo Martínez, quien analizó en detalle el impacto general del libre comercio en la región, la lógica del capital y las trasnacionales. De paso hizo un mapa de los acuerdos bilaterales y subregionales. La ecuatoriana Irene León explicó cómo la derecha se ha rearticulado en la región y cuál es su lógica militar, mediática y cultural. Recuperando las problemáticas y el lenguaje de los movimientos populares, el cubano Gilberto Valdés descifró los procesos de cambio en curso, los mecanismos de integración y la acción de los actores subalternos.

Al analizar el nuevo protagonismo de la derecha continental, Gustavo Codas dijo que ésta busca aprovechar las dificultades de los gobiernos posneoliberales. Se ha fortalecido en las calles, ha creado redes, nacionales, regionales e internacionales. Sin embargo, según él, no tiene proyecto alternativo a las conquistas del ciclo progresista. Su retorno ha fracasado en Chile y Paraguay. No se propone, como la derecha europea tras la segunda guerra, mantener el estado de bienestar. Esta derecha quiere abolir las conquistas del ciclo de transformaciones. A diferencia de los años 60 con el neoliberalismo, hoy no tiene condiciones de verbalizarlo. Pero, junto con el imperialismo, intenta aprovechar las dificultades económicas y políticas para tratar de dar vuelta atrás en la historia.

Osvaldo Martínez explicó cómo, ante el fracaso del ALCA, Washington ha seguido avanzando en su agenda comercial con flexibilidad, de manera bilateral o transcontinental, con la apuesta de abrir los mercados locales a sus productos y desintegrar América Latina. Esos acuerdos, aseguró, son la plasmación jurídica a nivel de estados, del proyecto trasnacional.

Según Irene León, estos últimos 10 años han sido de una alta intensidad histórica. El capital trasnacional (poder que no rinde cuentas a nadie) ha seguido avanzando sobre estados, estableciendo mecanismos de poder fáctico por fuera de cualquier control ciudadano.

Por su parte, Gilberto Valdés apuntó cómo la lucha contra el ALCA tuvo un fuerte componente anticapitalista. Relativizando los desencuentros entre movimientos populares y gobiernos progresistas, aseguró que los conflictos entre ambos no van a desaparecer.

¿Tiene futuro el movimiento emancipador en el continente? Sí, aseguran los asistentes al evento. El movimiento camina. “Eso es posible –según Codas– porque los aciertos del ciclo de transformaciones han sido muy superiores a las dificultades que hemos encontrado. Está en manos de los luchadores y luchadoras de nuestro pueblo construir ese nuevo horizonte.”

Retos y perspectivas de la izquierda latinoamericana

10/12/2015
Opinión

La situación brasileña, el resultado de la reciente elección presidencial argentina y los pronósticos sobre las elecciones parlamentarias venezolanas intensificaron el debate sobre si estaríamos o no ante el “fin de ciclo” abierto, entre 1998 y 2003, por los triunfos electorales de Hugo Chávez, Luis Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner.

Las posiciones en debate son variadas, pues no hay consenso sobre la existencia de tal ciclo ni sobre su naturaleza. Además, hay tanto los que afirman su terminación, como los que defienden la posibilidad de su continuidad con profundización de los cambios, etc. Debate que se combina con el análisis de la situación mundial y la discusión acerca de la estrategia de la izquierda.

Debate similar se registró en el marco del Grupo de Trabajo del Foro de Sao Paulo, cuando analizamos los impactos de la elección de Obama y de la crisis de 2007-2008 sobre América Latina y el Caribe. Varios integrantes del Foro señalaban la existencia, en aquella época, de signos evidentes de una contraofensiva de la derecha latinoamericana y sus socios externos.

No obstante, por motivos diversos, y a veces opuestos, diversos sectores discreparon con esta caracterización.

Algunos, por lo general no participantes del Foro, consideraban que los gobiernos “progresistas y de izquierda” hacían parte de la arquitectura neoliberal e imperialista, por lo que no tenía sentido hablar de “contraofensiva” de quienes nunca habían sido efectivamente derrotados.

Otros consideraban, como característica fundamental del momento, la crisis del capitalismo y la desmoralización del neoliberalismo, sobrestimando las posibilidades y minimizando las amenazas, tanto estratégicas como tácticas, que la situación ofrecía a las izquierdas.

Había incluso quienes parecían trabajar con el supuesto de que la “fórmula” (económica y política) adoptada por los gobiernos “progresistas y de izquierda” era en lo fundamental inmune a retrocesos y no debía sufrir alteraciones. Curiosamente, esta tesis de la inmunidad a retrocesos provenía de sectores tanto ultra radicales, como de sectores radicalmente moderados.

Un argumento usado en el debate, para contradecir a quienes hablaban de la contraofensiva de la derecha, era de que, por lo menos hasta entonces, ningún gobierno “elegido por la izquierda” había sido derrotado electoralmente por la derecha.

El caso de Piñera y las elecciones en Guatemala, los golpes de Estado en Paraguay y en Honduras se utilizaron en favor del argumento anterior, en los dos primeros casoS por no ser considerados como gobiernos integrantes del ciclo de 1998, en los dos últimos casos por la vía no electoral adoptada por la derecha.

Independientemente de cómo este debate fue resuelto, en la época y posteriormente, sea en los documentos del Foro, sea en la acción de los partidos, movimientos y gobiernos “progresistas y de izquierda” existentes en la región, lo cierto es que la contraofensiva de las derechas continuó.

En el ámbito económico-social, presionando, saboteando y revertiendo procesos y conquistas. En el campo ideológico, conteniendo, desmoralizando y dividiendo a los oponentes de izquierda. Y con respecto a la actuación político-electoral, parte de la derecha regional aprendió las lecciones de las derrotas sufridas desde 1998 y, siempre “combinando formas de lucha” (inclusive el paramilitarismo), casi gana las elecciones presidenciales en Brasil en 2014 y ahora triunfa en las elecciones presidenciales en Argentina.

La victoria de Macri –independientemente de lo que suceda en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre 2015 en Venezuela– coloca la contraofensiva de la derecha en otro plano.

Argentina, junto con Brasil y Venezuela, cumplieron hasta ahora un papel decisivo en el proceso de integración regional, que constituye la retaguardia estratégica de cada una de las izquierdas que opera en los países de la región. Es evidente que la situación se tornará más difícil a partir de ahora, sea por efecto demostración-emulación que la victoria de Macri tendrá sobre las derechas de otros países, sea por los efectos prácticos en todos los ámbitos de la integración regional.

Esto, por supuesto, si dejamos de lado el optimismo de Pollyanna según el cual un gobierno Macri causará daños tan intensos y tan rápidamente, más allá de provocar una contundente reacción popular, que se transformará en una victoria pírrica para la derecha. Ciertamente los daños serán intensos, sin duda habrá reacción, pero hay que tener en cuenta que estamos frente a una ola, no ante un episodio aislado.

Independientemente de los motivos específicos, tácticos, coyunturales, episódicos y, a veces “personales”, involucrados en cada situación nacional, hay un proceso regional y global que se debe tener en cuenta. Es esto, por cierto, lo que nos permite comprender mejor la aparente contradicción entre lo que sucede con la izquierda europea y la latinoamericana.

A escala mundial, las principales variables son: la defensiva estratégica de la clase obrera desde el fin de la URSS; la resultante hegemonía capitalista, con una intensidad mayor que en otros períodos de la historia; la profundidad de la crisis capitalista, consecuencia combinada de las otras dos variables; el declive de la hegemonía estadounidense y el esfuerzo brutal que están haciendo para detener y revertir este declive; la disputa entre diferentes formas de capitalismos, y no entre el capitalismo y el socialismo, como el hilo conductor de las grandes disputas mundiales; la formación de bloques regionales, principalmente como una reacción defensiva de los procesos mencionados; y, por último pero no menos importante, una tendencia a la inestabilidad, a las crisis y conflictos cada vez más profundos.

Siendo este el escenario mundial, es evidente que la izquierda latinoamericana corre contra el tiempo, como señalé en 2012 en un artículo titulado “Ensayo sobre una ventana abierta”, publicado en la antología La Izquierda Latinoamericana a 20 años del derrumbe, de la editorial Océano Sur1. A continuación la parte final de este artículo.

Hay que considerar, en primer lugar, la incidencia sobre la región de macro variables sobre las cuales no tenemos incidencia directa: la velocidad y la profundidad de la crisis internacional, los conflictos entre las grandes potencias, la extensión e impacto de las guerras. Destacamos, entre las macro variables, aquellas vinculadas al futuro de los Estados Unidos: ¿Recuperará su hegemonía global? ¿Concentrará energías en su hegemonía regional? ¿Agotará sus energías en el conflicto interno de su propio país?

Hay que considerar, en segundo lugar, el comportamiento de la burguesía latinoamericana, en especial, de los sectores transnacionalizados: ¿Cuál es su conducta frente a los gobiernos progresistas y de izquierda? ¿Cuál es su disposición con respecto a los procesos regionales de integración? ¿Cuál es su capacidad de competir con las burguesías metropolitanas y aspirar a un papel más sólido en el escenario mundial? Del «humor» de la burguesía dependerá la estabilidad de la vía electoral y la solidez de los gobiernos pluriclasistas. O, invirtiendo el argumento, su «falta de humor» radicalizará las condiciones de la lucha de clases en la región y en cada país.

En tercer lugar, está la capacidad y disposición de los sectores hegemónicos de las izquierdas – partidos políticos, movimientos sociales, intelectualidad y gobiernos.

La pregunta es: ¿Hasta dónde estos sectores hegemónicos están dispuestos y conseguirán rebasar los límites del período actual, y con qué velocidad? Dicho de otra manera, cuánto conseguirán aprovechar esta coyuntura política inédita en la historia regional, para profundizar las condiciones de integración regional, soberanía nacional, democratización política, ampliación del bienestar social y del desarrollo económico. Y principalmente, si van a lograr o no alterar los patrones estructurales de dependencia externa y concentración de la propiedad imperantes en la región hace siglos.

Considerando estas tres grandes dimensiones del problema, podemos resumir así las perspectivas: potencialidades objetivas, dificultades subjetivas y tiempo escaso.

Potencialidades objetivas: sin olvidar las alternativas negativas, el escenario internacional y las condiciones existentes hoy en América Latina, en especial en América del Sur, hacen posibles dos grandes alternativas positivas, a saber, un ciclo de desarrollo capitalista con trazos socialdemócratas y/o un nuevo ciclo de construcción del socialismo.

En cuanto a esta segunda alternativa, estamos, desde el punto de vista material, relativamente mejor que la Rusia de 1917, que China de 1949, que Cuba de 1959 y que la Nicaragua de 1979.

Dificultades subjetivas: hoy, los que tienen la voluntad no tienen la fuerza, y los que tienen la fuerza no han demostrado la voluntad de adoptar, a una velocidad y con una intensidad adecuadas, las medidas necesarias para aprovechar las posibilidades abiertas por la situación internacional y por la correlación regional de fuerzas. Un detalle importante: no hay tiempo ni materia prima para formar otra izquierda hegemónica. O bien la izquierda hegemónica que tenemos aprovecha la ventana abierta, o será la pérdida de una oportunidad.

El tiempo está escaseando: la evolución de la crisis internacional tiende a producir una creciente inestabilidad que sabotea las condiciones de actuación de la izquierda regional. La posibilidad de utilizar gobiernos electos para hacer transformaciones significativas en las sociedades latinoamericanas no va a durar para siempre. La ventana abierta a final de los años noventa todavía no se cerró. Pero la tempestad que se aproxima puede hacerlo.

Concluyo reafirmando que el juego aún no ha terminado, motivo por el cual debemos trabajar para que las izquierdas latinoamericanas, en especial aquellas que están gobernando, y dentro de ellas la izquierda brasileña, haga lo que debe y puede hacer. Si ello sucede, podremos superar con éxito el actual período de defensiva estratégica de la lucha por el socialismo. En resumen, la ventana sigue abierta.

Hasta aquí cité literalmente el texto de 2012. Concluyo diciendo que la ventana sigue abierta, pero se está cerrando. Lo que vaya a pasar con el “ciclo” abierto en 1998 depende, en gran medida, de saber si el Partido de los Trabajadores y el gobierno de Dilma Rousseff van a mantener o alterar su estrategia.

Valter Pomar es profesor de economía política internacional en la Universidad Federal de ABC. Y militante del Partido de los Trabajadores (Brasil). Entre 1997 y 2013 fue dirigente nacional del PT, asumiendo entre otras tareas la secretaría de relaciones internacionales y la secretaría ejecutiva del Foro de Sao Paulo. Contacto: pomar.valter@gmail.com

http://valterpomar.blogspot.com.br/2012/03/ensayo-sobre-una-ventana-abierta.html?m=1

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento: ¿Fin del ciclo progresista? 03/12/2015

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