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El asesinato de Berta Cáceres, crimen de Estado

Por Marcos Roitman Rosenmann

Comprendo perfectamente el motivo por el cual el poder político mediante sus organizaciones paramilitares, dependientes del gobierno hondureño, ha decidido acabar con la vida de Berta Cáceres. Igualmente no me llama la atención el silencio cómplice de quienes piden respeto por los derechos humanos en América Latina, se declaman demócratas y no levantan su voz cuando se trata de una dirigente de organizaciones populares, cuya labor era reconocida internacionalmente. En Honduras, desde 2002 a 2014 han sido asesinados 111 activistas, pero nada de ello es relevante para personajes que sólo tienen ojos para las trasnacionales, los centros de poder, la banca y los poderes facticos. Me refiero a quienes desde el púlpito lanzan soflamas incendiarias contra los gobiernos populares y solicitan la puesta en libertad de condenados por sedición como el caso del venezolano Leopoldo Lopez, corresponsable de la muerte de 43 personas en la asonada conocida por la salida, diseñada para derrocar al gobierno legítimo de la República Bolivariana de Venezuela.

Ex presidentes como Álvaro Uribe, José María Sanguinetti, Fernando Henrique Cardoso, Ricardo Lagos, Ernesto Zedillo, Jose María Aznar y Felipe González, comprometidos con asesinatos, actos de corrupción, tráfico de influencias, venta de armas y persecución política, han enmudecido ante este acto de violencia de Estado. Ellos no se pronuncian, aunque se intercambien condecoraciones, conferencias, dinero, mucho dinero, y viajen por el mundo sin temer por sus vidas. Están blindados, gozan de impunidad. Son responsables de la matanza de Acteal en México, los GAL en España, leyes de amnistía para tapar las vergüenzas de crímenes de lesa humanidad en Brasil, Uruguay o Chile, la persecución a los pueblos originarios, movimientos campesinos, pro derechos humanos, ambientales o estudiantiles.

En esta ocasión, miran hacia otro lado. No hay condena al gobierno de Honduras, no piden responsabilidades, no se rasgan las vestiduras. Igualmente, medios de comunicación, periodistas, partidos políticos socialdemócratas, liberales, conservadores, ni de izquierdas ni derechas, tan beligerantes y custodios de la paz y la democracia, unidos cuando se trata de juzgar a gobiernos populares, siguen sin articular palabra. Será que Berta Cáceres no merece su atención. Era una campesina, dirigente popular, persona incómoda, una luchadora social que había logrado junto a sus correligionarios paralizar los megaproyectos como la Represa de agua Zarca, financiada por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y empresarios chinos. Todo un éxito para quien era sometida a presiones y amenazas. Nunca se amilanó, respondió con dignidad, sin miedo, consciente del peligro puso nombre y apellido a los oligarcas, golpistas y terratenientes que patrocinaban los megaproyectos.

Berta Cáceres no era desconocida; sus acciones en la defensa del entorno y los derechos humanos le supusieron en 2015 la obtención del premio Goldman de medio ambiente, conocido como el Nobel verde. Su voz era respetada. Había sufrido múltiples detenciones arbitrarias desde el golpe cívico-militar que destituyó al presidente Manuel Zelaya el 28 de junio de 2009. Integró el Frente Nacional contra el Golpe Militar y puso al descubierto la trama sobre la cual se levantó el gobierno de facto encabezado por Roberto Micheletti. Señaló a los militares como los responsables de matar a dirigentes sindicales, campesinos y trabajadores contrarios al golpe.

En entrevista concedida al periodista mexicano Mario Casasús, para la página web Desinformémonos, declaraba en 2010: “Hemos denunciado que hay una militarización en todo el país, no sólo por parte del ejército hondureño y la policía local, sino por las tropas estadunidenses que realizan sus maniobras conjuntas con el ejército de Colombia en Islas de la Bahía (norte de Honduras); quieren imponer una lógica de aceptación del militarismo parecida a Colombia, nosotros hemos sido víctimas del hostigamiento –en las comunidades indígenas– de las tropas estadunidenses de Palmerola; esto no lo habíamos visto, llegan tropas del ejército estadunidense a fiscalizar nuestras oficinas. Vivimos un terrorismo de Estado; han asesinado a compañeros del COPINH, tenemos compañeros presos, nos han decomisado documentos, nos han golpeado, desalojado y reprimido. Ante todo esto, la respuesta digna de los pueblos indígenas es: más resistencia, más organización, más organización y más propuestas”. Y cerraba con estas palabras: Estamos en plena lucha en el río Gualcarque en la sierra de Puca Opalaca, donde los magnates golpistas Fredy Nazar y Miguel Facussé quieren adueñarse de esos ríos que son de las comunidades lencas, los pueblos indígenas tienen títulos comunitarios y los oligarcas quieren privatizar las tierras y aguas. Nosotros no hemos dejado la lucha; es difícil porque enfrentamos a los madereros que viven en la impunidad; hemos expulsado a 30 industrias explotadoras de madera, hemos detenido proyectos hidroeléctricos trasnacionales, además hemos aumentado la participación del pueblo en las radios comunitarias.

Comprendo los motivos del silencio del poder tras su asesinato, la complicidad de personajes abyectos que lo patrocinaron, reciben migajas, viven en la mentira y se regocijan con su muerte. Es su odio, su indignidad y, sobre todo, su pertenencia a una clase social capaz de dar golpes de Estado, torturar y ejercer terrorismo de Estado. Traidores a su pueblo, viven en el estiércol.

Berta Cáceres los retrató y no lo soportaban. El pueblo hondureño y los pueblos de nuestra América la recordarán siempre, pero no dejaremos de pedir justicia para que sus ejecutores materiales e intelectuales sean apresados y condenados. La voz del pueblo no se enmudece.

Este contenido ha sido publicado originalmente por La Jornada, 7 de marzo de 2016 en el siguiente enlace: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/07/opinion/020a2pol#texto

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Revancha

Caso Milagro Sala, Argentina.

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Por Marta Dillon

Hay una palabra, una sola palabra que resuena al mismo tiempo que presiona la impotencia como agua de inundación acumulada contra el muro de una represa: revancha. Revancha contra esa negra, esa india, esa mujer a la que tantas veces se nombró así en los medios locales pero entre comillas como si no fuera digna de la categoría, la “ultrakirchnerista”, esa persona diminuta pero tan aguerrida y con tanta determinación que fue capaz de imaginar y crear universos propios para los suyos y las suyas.

Revancha, de clase, ideológica, revancha misógina, una retaliación anunciada con la que seguramente Gerardo Morales ha soñado como se sueña con una amante. Milagros Sala está detenida y el gobernador de Jujuy se jacta de que la acusación no será sólo por “incitación a ilícito y tumulto” sino que también se prepara para acusarla por robo “al Estado y los pobres”. ¿Cómo se atreve esa mujer? ¿Cómo se le ocurre? ¿Cómo es que se animó no sólo a soñar sino a hacer casas, fábricas, escuelas, becas para educación terciaria, plazas junto con otros negros como ella, indígenas como ella, esos nadies que de pronto organizados también querían clubes, piletas de natación y hasta su propia marcha del orgullo lgbti con tantos colores y alegría que no son propios de esas caras color tierra?

A una lustrabotas que pasó la adolescencia drogándose en la calle, robando al menudeo, salvada de ese circuito por la protección de “las mujeres de Azopardo”, ni más ni menos que las putas del barrio humilde donde creció antes de conseguir un trabajo en el Estado y convertirse en dirigente de ATE, de seguir al Perro Santillán en los cortes de ruta, de poner el cuerpo al calor de las gomas quemadas a sabiendas que no había otra forma de reclamar, no había otra herramienta cuando el país bajaba la cuesta de una de las peores crisis de su historia al filo del tercer milenio. No, no le iban a perdonar el tamaño de su atrevimiento, no es sólo el hartazgo por los cortes de ruta a los que la organización que Sala lidera acostumbró a la provincia de Jujuy; es más que eso, es relamerse porque al fin se acaba ese orgullo de clase que la animó durante este tiempo, el tiempo en que encontró recursos para hacerse fuerte entre los más vulnerables, ahí al pie de los cerros en Alto Comedero. Porque, vamos, detener a alguien por acampar en una plaza pública para hacer un reclamo cuando el mismo presidente se mostró en plena campaña antes del ballottage en las carpas que durante meses se mantuvieron en plena 9 de Julio para hacer visibles los reclamos del pueblo Qom es por lo menos un insulto a la inteligencia de todos y de todas. O una acción ejemplificadora frente a la movilización constante de quienes no piensan dejar pasar los decretazos de cada día, el cierre de programas, los despidos masivos, la brutal transferencia de recursos a los sectores más poderosos mientras el salario adelgaza y se acusa a trabajadores y trabajadoras de ser la grasa que sobra en el cuerpo del Estado. Algo de eso hay, sin duda, pero no se puede ocultar el tamaño de la violencia de esta detención, el gusano de la revancha que se come rápidamente cualquier otro argumento, el modo en que se la presenta como ese ser amenazante, por negra, por mujer, por indígena y no solamente por eso. O mejor, por ser todo eso y haberse atrevido no sólo a reclamar para sí y para los suyos los derechos básicos sino también el derecho al goce, el derecho a una vida en la que se pueda soñar más allá del destino de trabajo de sol y a sol y de la vivienda como el techo para las aspiraciones.

La Tupac Amaru y Milagro Sala fueron más allá y pusieron animales de fantasía en sus plazas, lugares de recreo, rosedales, piletas de natación con rampas para rehabilitación de personas discapacitadas, crearon escuelas secundarias y también becas para sostener la formación universitaria. Y hasta su propio método para evitar la violencia patriarcal poniendo en jaque a los agresores, yéndolos a buscar a sus propias casas sin esperar más que la denuncia de las víctimas. La Tupac Amaru y Milagro Sala, con su pelo siempre recogido, su nula elegancia, la parquedad de sus gestos, su pasado doliente y su capacidad de recuperación reclamaron para sí todo lo que parecería, para las autoridades que ahora tenemos, le corresponde a otros, a los blancos, a los que se superan a sí mismos de uno en una, a los que no militan en organizaciones, a los y las que van detrás del objetivo personal como burros detrás de la zanahoria. Todos los demás, sean lo que sean, son un mal a extirpar, grasa que cortar, no importa quien hayas sido ni cuál sea tu trayectoria laboral, si perdiste el trabajo ya dijo el presidente que habrá rutas que construir, andá a agarrar la pala. Milagro Sala la agarró en su momento, pero no lo hizo para ella sola, y no lo hizo solamente para sobrevivir. Esa mujer, esa negra indígena lo hizo para vivir, para vivir con otros, para asaltar el cielo de los goces compartidos, para mostrar que las revoluciones son posibles aquí y ahora. Por eso la revancha. Y por eso también esta impotencia que late, que presiona y que también busca su cauce en la calle; la misma a la que con estos actos se intenta disciplinar.

Este contenido ha sido publicado originalmente por El País, 17 de enero de 2016 en el siguiente enlace: Revancha_El_País